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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 164

Macarena no podía salir del hospital. Por la tarde, decidió llamar a Ronan y pedirle que le llevara su computadora de trabajo.

Sin embargo, en cuanto lo vio entrar a la habitación, se dio cuenta de inmediato: Ronan tenía la mejilla algo inflamada, con una leve marca rojiza, como si se hubiera raspado.

A Macarena le vino a la mente la imagen de Fermín, quien esa mañana traía una marca muy parecida en el rostro.

No pudo evitar que una sospecha se le colara en la mente.

—¿Te peleaste con Fermín? —preguntó en voz baja.

Ronan no intentó ocultarlo. Asintió con sencillez.

—¿Por qué? —ella no pudo evitar mostrar su desconcierto.

Sabía que Ronan y Fermín nunca se habían llevado bien, pero tampoco era común que tuvieran contacto directo, mucho menos que llegaran a los golpes. Ninguno de los dos parecía el tipo de persona que comenzaría una pelea por cualquier cosa.

¿Había sido… por ella?

Ronan notó su expresión y bajó la mirada, esquivando sus ojos.

—Eso es cosa entre hombres. No tienes que preocuparte —respondió, quitándole importancia.

Al escucharlo, Macarena decidió no insistir. Pero en el fondo sabía que su presentimiento era correcto: Ronan se había peleado con Fermín por su culpa.

La sensación era complicada. Por un lado, se sentía conmovida; después de tantos años, Ronan era el primero que se atrevía a defenderla abiertamente. Pero por otro lado, no quería que él tuviera problemas con Fermín.

De todos modos, ya estaba hecho. No tenía sentido darle más vueltas.

Suspiró y revisó el calendario mentalmente.

Faltaban cinco días.

Dentro de cinco días, no solo sería la presentación oficial de UME, también era la fecha en que ella y Fermín irían a firmar el divorcio.

Para entonces, entre ella y Fermín no quedaría ningún lazo.

Macarena dejó de pensar en el asunto y trató de concentrarse en el trabajo, aunque la enfermedad la tenía cansada y aturdida. Varias veces intentó organizar sus ideas, pero estas se le escurrían como agua entre los dedos. Si seguía así, temía no terminar a tiempo.

Estaba sumida en ese agobio cuando, hacia el atardecer, sonó el teléfono de nuevo.

Miró la pantalla: era Benicio Oliva.

El Grupo Oliva era el mayor inversionista de UME. Aunque Benicio había firmado el contrato con total confianza desde el principio, ella sabía que la familia Oliva nunca daba paso sin huarache.

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