En el despacho, Ernesto, el asistente personal, se mantenía erguido y con respeto mientras hacía su reporte.
—Señor Gómez, tal como lo había previsto, el Grupo Fernández intentó competir con nosotros en la subasta, pero su estrategia fracasó. Han declarado la quiebra. Hace una hora, siguiendo sus instrucciones, presenté nuestra propuesta de adquisición.
—Sin embargo, el presidente del Grupo Fernández pidió que incrementáramos el valor de compra en cien millones de pesos.
Fermín, relajado en su silla ejecutiva, hojeaba unos documentos sin mostrar sorpresa alguna ante la petición.
—No vamos a subir la oferta.
—Déjalos dos días más. Ellos mismos vendrán a rogar que aceptemos.
Al escuchar esto, Ernesto asintió sin dudar.
Observaba a Fermín, un hombre de su misma edad, siempre sereno y con la habilidad de anticiparse a todo. Jamás le había fallado.
Desde que se graduó, Ernesto fue reclutado personalmente por Fermín para unirse al Grupo Gómez y convertirse en su asistente. En todos estos años, había presenciado al menos cien batallas empresariales, unas más intensas que otras, todas libradas sin violencia, pero igual de feroces.
Cada vez, Fermín encontraba el punto débil de la competencia y lanzaba el golpe decisivo. Luego, compraba las empresas rivales a precios tan bajos que resultaba difícil de creer.
No era exageración decir que Fermín era un genio en el mundo de los negocios.
En apenas tres años desde que tomó el control de la familia Gómez, no solo se sostuvo, sino que multiplicó por tres la extensión del imperio familiar. Ernesto nunca había visto nada igual.
Si Fermín decía que la otra parte vendría a buscarlos, era porque así sería.
—¿Algo más?
Al ver a Ernesto clavado en su sitio, Fermín levantó la mirada con una ceja arqueada.
—Sí, hay algo más… —Ernesto dudó, pero finalmente se animó—. La familia Molina llamó hace poco. Están por lanzar un nuevo negocio y buscan inversores.
Apenas terminó de hablar, Ernesto notó que la mirada de Fermín se ensombreció de inmediato.
Por dentro, Ernesto se revolvía de nervios.
La única vez que Fermín había salido perdiendo en los negocios fue precisamente por invertir en la familia Molina.
Cada vez que metía dinero ahí, al cabo de un año todo se venía abajo.
Pero la familia Molina era la familia de Macarena, la esposa de Fermín, y también parientes políticos de los Gómez.


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