Aprovechando que Fermín se quedó pasmado, Macarena ya lo había empujado y se lanzó de un salto al lago.
El agua del lago por la noche se sentía todavía más helada.
Apenas cayó al agua, Macarena comenzó a temblar de pies a cabeza.
Desde la vez que alguien la empujó a la piscina y casi se ahoga, se había tomado el tiempo para aprender a nadar.
Pero solo había practicado en piscinas, nunca en un lago al aire libre. El ambiente desconocido, el agua oscura y no tener dónde apoyarse le despertaron una sensación de miedo.
Sin embargo, al pensar en el anillo de compromiso, en ese recuerdo que su madre le dejó como último legado, todo lo demás dejó de importar. Hundió la cabeza en el agua y comenzó a buscar desesperada entre las sombras del fondo.
Fermín, mientras tanto, salió de su asombro y miró hacia el lago.
Ya no se veía ni el rastro de Macarena en la superficie.
La rabia lo inundó.
Estaba loca.
Definitivamente, se había vuelto loca.
¿Arriesgarse así solo por ese anillo que le regaló ese tipo?
¿Ni siquiera le importaba su vida?
¿De verdad lo amaba tanto?
El ardor en la mejilla donde Macarena lo había abofeteado seguía punzando. Fermín quería marcharse de inmediato, dejarla ahí y olvidarse de todo. Pero, inexplicablemente, sus pies no respondían.
Después de unos segundos, se quitó la chaqueta.
Justo cuando estaba a punto de lanzarse al agua, una mano rodeó su cintura con fuerza.
—Fermín, ¿qué haces? ¡Es peligroso! —la voz de Abril, suave pero llena de preocupación, lo detuvo.
Fermín se volteó y vio el rostro angustiado de Abril.
—Macarena sigue en el agua —respondió.
—El lago no es tan hondo, seguro saldrá bien. Pero hoy es la fiesta de cumpleaños de tu abuelita y tienes que estar al frente. ¿Y si te resfrías? —susurró Abril—. Además, lo de hace rato lo vi todo. Ella no quiere que te metas. Aunque te tires, no lo va a agradecer.
La verdad era que Abril los había seguido desde que Fermín llevó a Macarena a ese lugar apartado. Había escuchado toda la discusión.
Y, por supuesto, también se enteró de que ya estaban divorciados.
Por un momento, sintió una felicidad secreta, pero jamás imaginó que Macarena haría algo tan drástico.
Abril tenía muy claro que Macarena estaba usando su salto al lago para obligar a Fermín a tomar partido.
Eso no pensaba permitirlo.
Fermín frunció el ceño y siguió mirando hacia el lago. Vio cómo Macarena salía a la superficie, tomaba aire y volvía a sumergirse.
Dudó.
Sabía que Abril tenía razón.
Ahora Macarena solo pensaba en ese hombre; aunque él saltara para ayudarla, ella ni siquiera le daría las gracias.

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