Macarena cayó al suelo y, al levantar la vista, se encontró con la mirada cargada de desprecio de Fermín.
Ya estaba acostumbrada a que Fermín siempre defendiera a Abril.
En otras ocasiones, podía dejar pasar las cosas, pero esta vez se trataba de su propia vida.
Macarena no se echó para atrás. Se puso de pie, le devolvió la mirada con la misma repulsión y, señalando a Abril, soltó:
—Hace un momento, ella casi me mata.
Fermín soltó una risa burlona:
—La única que casi se mata eres tú misma. No lo olvides: fuiste tú quien insistió en lanzarse.
Su mirada se detuvo en el dedo de Macarena.
Ahí estaba ese anillo de diamantes, brillando de nuevo en su mano.
De pronto, Fermín se sintió como un bufón.
Pensó que cuando Macarena se lanzó al lago, él no debió haber hecho nada.
Macarena iba a decir algo más, pero Benicio, que había permanecido en silencio todo ese rato, intervino con voz tranquila:
—Hace rato el señor Gómez se tiró al agua, se entiende que fue para salvar a alguien, pero, señorita Cordero, ¿por qué usted también decidió lanzarse?
Esa pregunta hizo que Fermín y Abril recordaran que había otro hombre presente.
Era el mismo que había ayudado a sacar a Macarena del lago.
Ambos clavaron la mirada en Benicio.
Él, sin prisa, sacó un pañuelo empapado de la bolsa de su saco, lo exprimió hasta dejarlo casi seco, se quitó las gafas de oro y las limpió con elegancia.
De verdad, Benicio se veía elegante.
Todos estaban empapados y hechos un desastre.
Abril parecía frágil.
Fermín hervía de enojo.
Y él, como si nada, tan sereno y refinado.
Daba la impresión de que no acababa de salvar vidas, sino que simplemente había dado una vuelta por la piscina de su casa.
Macarena se sentía agradecida con él. Si no hubiera sido por su ayuda, probablemente habría terminado en el fondo del lago.
—¿Y tú quién eres? —Fermín preguntó con un tono cortante.
Benicio se puso las gafas de nuevo, esbozó una leve sonrisa y contestó:
—Eso no importa mucho, dudo que nos veamos seguido.

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