—¿Qué pasa? —Macarena notó su gesto al instante.
Benicio guardó silencio. Solo cuando el dolor cedió un poco, negó con la cabeza.
Esa vieja herida en el ojo solía volver de vez en cuando. Ya se había acostumbrado a convivir con ella.
Pasó un momento. Se frotó los ojos y esperó a que la vista se le aclarara. Cuando todo volvió a la normalidad, fingió que nada había pasado.
—Supongo que es por forzar mucho la vista —comentó Benicio, restándole importancia.
Macarena no dejó de notar las venas rojas en sus ojos. Recordó lo que él le había contado tiempo atrás: que había sufrido una lesión en el ojo. Entonces lo dijo riendo, como si fuera una simple broma.
Ahora que lo pensaba, aquello no se parecía en nada a un simple cansancio.
Justo en ese momento, a Macarena se le ocurrió algo.
—Espérame un segundo —dijo.
Se quitó el cinturón, abrió la puerta del carro y bajó.
Cerca de la casa de los Molina había una farmacia. De niña, una vez se cayó de un árbol por andar de traviesa y se le inflamó el ojo. Su madre fue a esa farmacia, compró un medicamento y en menos de una semana ella ya estaba bien.
Macarena caminó hasta la farmacia, compró unas gotas para los ojos y regresó.
Cuando volvió, Benicio la vio llegar con mejor ánimo y no pudo evitar sonreír.
—¿A dónde fuiste? Andabas muy misteriosa.
Macarena le mostró el frasco de gotas con una sonrisa triunfal.
—Esto funciona muy bien. Seguro te ayuda a sentirte mejor.
Se sentó de nuevo en el carro, destapó el frasco y se inclinó hacia Benicio.
El sol dorado ya caía detrás de ella, bañando su cabello y su cara con una luz cálida. Sus facciones se veían aún más llamativas y sus ojos color ámbar brillaban como si guardaran un secreto.
Benicio la miró, sintiendo cómo el corazón se le detenía por un instante.
Se encontraban tan cerca que hasta sus respiraciones parecían mezclarse.
—Baja un poco la cabeza y échala hacia atrás —le indicó Macarena, sosteniendo el frasco con una mano y levantándole la barbilla con la otra.
Benicio era muy alto. No solo tenía las piernas largas, también el torso. Con esa postura, a Macarena le costaba encontrar el ángulo para ponerle las gotas.

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