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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 247

Ya que la situación había llegado a ese punto, no le quedaba de otra: tendría que tomar la iniciativa.

Era un juego silencioso, una batalla de voluntades donde nadie soltaba palabra.

Abril avanzó hasta casi llegar a la puerta, y en todo ese trayecto, Fermín no pronunció ni una sola palabra. Eso la obligó a bajar aún más el ritmo, como si esperara que él la detuviera en cualquier momento.

Cuando abrió la puerta de la habitación, Fermín seguía sin moverse, ni siquiera intentó alcanzarla.

Abril mordió su labio, y mientras se esforzaba por cargar su maleta escaleras abajo, echó una mirada disimulada hacia donde estaba Fermín, esperando ver alguna reacción.

—Espera.

La voz profunda y cortante de Fermín retumbó a sus espaldas, justo como ella lo había previsto.

Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en la comisura de los labios de Abril, como si su plan estuviera dando resultado.

Giró sobre sus talones y vio cómo Fermín se acercaba a paso firme, levantando la maleta sin decir más.

Abril estaba a punto de decirle algo, pero Fermín simplemente sacó el equipaje fuera de la casa.

La sonrisa de Abril se congeló, suspendida entre el orgullo y la decepción.

—Le voy a pedir a Ernesto que te lleve —añadió Fermín en un tono seco—. El nuevo conjunto residencial tiene buena seguridad, así que no tienes que preocuparte por eso.

Al escucharlo, la esperanza que acababa de encenderse en el pecho de Abril se apagó de golpe, como si le hubieran aventado un balde de agua helada.

Guardó silencio unos segundos, antes de forzar una sonrisa—: Está bien.

No importaba. La partida aún no había terminado.

La verdad, la victoria o la derrota aún no estaban definidas.

Macarena ya estaba divorciada de Fermín.

Aunque no se quedara en la mansión, aún tenía muchas oportunidades de acercarse a Fermín.

Por ahora, seguía trabajando en el Grupo Gómez.

Además, tenía a Sabrina de su lado.

Si comparaba posibilidades, las suyas eran mucho mejores que las de Macarena.

...

En ese instante, el bar estallaba en vida.

La música rugía, la gente iba y venía entre la marea de carcajadas y gritos, y el aire olía a fiesta y descontrol.

Benicio suspiró—: Ni hablar, me va a tocar decir más verdades.

Macarena levantó una ceja, analizando la situación.

La verdad, Benicio tenía un talento natural para fingir, al grado que con esa cara bien podría dedicarse a la actuación y llevarse todos los premios.

Por eso, aunque Benicio le echara mentiras, a veces era imposible saberlo.

De cualquier modo, ese día habían acordado que sería una ronda de confesiones; cada uno podía preguntar lo que quisiera y el otro tenía que decir la verdad.

Si alguna pregunta incomodaba al otro, entonces tocaba beber.

Como quien propone un trato justo, Benicio había sugerido ese juego, y Macarena decidió confiar en que, esta vez, él respondería con sinceridad.

—Vamos a tirar los dados para ver quién pregunta primero.

Benicio apenas iba a tomar los dados cuando Macarena ya se había adelantado, levantando uno de los vasos y bebiéndolo de un solo trago, como si tomara agua—: Yo empiezo.

—¿Tú y Dante, qué son? —preguntó Macarena, con una expresión serena.

Benicio se quedó con los dedos en el aire, congelado por un instante.

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