Benicio esbozó una sonrisa.
—Pensé que ibas a empezar con formalidades, a hacerme una pregunta sencilla para romper el hielo.
No se esperaba que Macarena fuera tan directa con su primer pregunta, apuntando justo al centro del asunto.
Macarena replicó, sin perder la compostura:
—Eso tal vez lo haría con alguien más.
—¿Y por qué conmigo no? —insistió Benicio.
Ella sonrió de lado y su voz bajó de tono, adoptando una dulzura natural:
—Porque somos novios, y el novio siempre merece un trato especial, ¿no crees?
Benicio la miró. Sus ojos marrón oscuro se curvaron apenas, llenos de una picardía que le resultaba familiar.
No pudo evitar soltar una risa entre dientes. Era evidente que Macarena estaba aprendiendo de él, mezclando verdades y mentiras con tal soltura que, con el paso del tiempo, ya no era sencillo distinguir una de otra.
Benicio se recargó ligeramente hacia atrás.
—Dante es mi primo, y gracias a él, mi hermana y yo estamos vivos. De la misma manera, él está vivo gracias a nosotros. Digamos que, de niños, teníamos una especie de relación simbiótica. Pero eso fue hace mucho. Ahora, lo que tenemos es una relación de trabajo.
—¿Trabajo en qué sentido? ¿Controlando a la familia Oliva o hay algo más? —preguntó Macarena, sin rodeos.
Benicio no respondió de inmediato. Su voz se volvió más suave:
—Ahora me toca preguntar a mí.
Macarena apretó los labios y, de manera instintiva, se cruzó de brazos frente al pecho. Desde fuera, cualquiera podría notar que era una postura defensiva, casi inconsciente.
Benicio lo notó, pero no lo mencionó.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó, con sinceridad.
Macarena se quedó un poco sorprendida por la pregunta. No era lo que esperaba.
—¿Eso se supone que es una pregunta válida? —aventó, intentando no romper la dinámica—. Acuérdate que esto es de preguntar y responder por turnos. Si ahora me sales con preguntas sin importancia, solo vas a conseguir que yo termine sabiendo más de ti que tú de mí.


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