Fue hasta este momento que Macarena se dio cuenta de algo inquietante: aunque ya era novia de Benicio, en realidad sabía muy poco sobre él.
No tenía idea de dónde vivía Benicio, ni si tenía otros amigos en esta ciudad.
Dudó unos instantes y, buscando respuestas, sacó el celular de Benicio del bolsillo.
Revisó su lista de contactos.
No había muchos nombres.
En la parte superior, sobresalía el contacto “hermana”, y otro guardado solo con un ícono de estrella.
Sin tiempo para pensar demasiado, marcó el número de la hermana de Benicio.
Recordaba que Benicio le había contado que tenía una hermana llamada Esmeralda. Incluso había visto una foto suya: era una mujer atractiva, con una presencia elegante, aunque decían que tenía un carácter bastante fuerte.
Cuando la llamada se conectó, Macarena tragó saliva y se armó de valor.
—Hola, Benicio está borracho, él...
Antes de que pudiera terminar la frase, la llamada se cortó.
Macarena se quedó mirando la pantalla, desconcertada.
Volvió a intentar.
Esta vez, nadie contestó.
En el tercer intento, Esmeralda respondió enviando un mensaje bastante grosero: [Eres una estafadora, ojalá te mueras.]
Macarena no sabía si reír o llorar.
Decidió intentar con una videollamada.
Para su sorpresa, Esmeralda aceptó.
Apareció en la pantalla envuelta en una bata blanca, el cabello recogido en un chongo improvisado y una mascarilla cubriéndole el rostro. Su aspecto era totalmente relajado y hogareño.
Sin embargo, Macarena no pudo evitar sentir que esa mujer desprendía una seguridad y una distancia que calaban hondo.
Macarena fue directa.
—Hola, no soy una estafadora.
—¿Y tú has visto que alguien confiese que sí lo es? —la voz de Esmeralda sonó seca y, tras un bufido, desvió la mirada.
Macarena se quedó callada. Tenía razón.
Miró a Benicio, que seguía dormido como tronco, y justo cuando iba a girar la cámara para demostrar su inocencia, Esmeralda frunció el ceño, intrigada.
—¿Macarena?
—¿Me conoce? —preguntó ella, sorprendida.
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