La última vez que estuvo hospitalizada, Macarena recordaba perfectamente que fue él quien la echó del hospital.
Aunque tal vez todo había sido idea de Fermín, para Macarena quedaba claro que Eduardo también quería que Fermín y ella se divorciaran.
Aun así, Macarena decidió no ignorarlo y respondió con cortesía, dibujando una leve sonrisa en los labios:
—¿Para qué más se viene a un hotel? Obvio, a rentar una habitación.
Eduardo pensó que al ser descubierta en el acto, por lo menos se pondría nerviosa o mostraría algo de remordimiento.
Pero al escucharla responder tan tranquila y directa, abrió los ojos como platos, completamente sorprendido:
—Macarena, sigues siendo la esposa de Fermín.
En cuanto soltó esa frase, los dos recepcionistas que estaban a punto de quedarse dormidos se despabilaron de inmediato y pusieron atención a la conversación.
—Exesposa —corrigió Macarena—. Ya estamos divorciados, el papel lo tengo en la bolsa.
Recordaba que en la última fiesta de cumpleaños, Eduardo también había estado presente.
Con un tono inconforme, Eduardo replicó:
—Aun así, no deberías irte tan rápido con otro hombre.
—Fermín te dio siete días para que pensaras si querías volver con él. Hasta sacó a Abril de la casa para esperar tu respuesta.
Eduardo no pudo evitar que el enojo se le notara al hablar de eso.
En su cabeza, cuando Macarena y Fermín se divorciaran, Fermín terminaría saliendo con Abril casi de inmediato.
Pero la realidad fue muy distinta.
Fermín incluso se había alejado de Abril.
Cuando Abril le mencionó que Fermín estaba considerando volver con Macarena, Eduardo ya no entendía nada.
Ahora, Fermín quería volver con ella y, en cambio, Macarena venía a un hotel con otro tipo.
En el fondo, Eduardo pensaba que lo mejor sería que Macarena estuviera con otro hombre, para que Fermín por fin abriera los ojos y se olvidara de la idea de reconciliarse.
Pero, por alguna razón, eso solo lo irritaba más.
Todos sabían que antes, Macarena estaba perdidamente enamorada de Fermín, y que su amor era tan evidente como humillante.
Fermín la hacía beber por él en reuniones con actrices desconocidas y ella aceptaba.
En más de una ocasión, la había dejado volver caminando a la ciudad desde las afueras, casi veinte kilómetros de distancia, y Macarena obedecía sin protestar.


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