Cuando Fermín despertó, lo primero que vio fue a Abril, recargada sobre la cama con una mano sosteniendo la cabeza y el codo apoyado en el colchón.
Ella tenía los ojos cerrados de puro cansancio, la cabeza le caía poco a poco, como si luchara por no quedarse dormida.
Al mirarla, una maraña de emociones le atravesó el pecho a Fermín. Era una mezcla tan enredada que casi no podía ponerle nombre.
Durante años se había aferrado a la idea de que Macarena había destruido lo que había entre él y Abril, que por su culpa Abril sufrió y terminó lejos, en otro país. Siempre sintió que le debía algo a Abril, que tenía que compensarla por todo lo que había pasado.
Pero, aunque pensaba en repararlo, jamás se le ocurrió dejar a Macarena para volver con Abril. La verdad, ni siquiera recordaba bien lo que había pasado aquella noche en casa de Macarena. Solo sabía que, siendo hombre, no podía pretender que nada había ocurrido, ni hacer como si pudiera sacudírselo de encima tan fácil.
Después de pensarlo un momento, Fermín levantó con cuidado la cabeza de Abril y la acomodó en la cama, buscando que descansara mejor.
Apenas la movió, Abril abrió los ojos, todavía medio perdida en el sueño, y lo miró.
—Fermín, ya despertaste.
Revisó la hora en su celular.
—Ya te toca la medicina. Voy por ella.
Fermín la detuvo, sujetando su muñeca. La mano de él, firme y un poco fría, le transmitió un escalofrío que le bajó hasta el corazón. Abril bajó la mirada, apretando los labios.
—Has estado al pie del cañón estos días —alcanzó a decir Fermín.
Abril soltó una sonrisa luminosa.
—¿Y eso a qué viene? No tienes que ser tan formal conmigo.
Fermín dudó un segundo. Sus labios se movieron, pero las palabras le costaban.
—Sobre lo que pasó la última vez…
Se quedó callado.
Por alguna razón, la frase “voy a hacerme responsable” no le salía. No sabía ni cómo se suponía que debía cumplir con eso.
Si se tratara de otra mujer, podría haberle exigido que se tomara una pastilla, darle una cantidad de dinero suficiente para que no volviera a buscarlo, y dejar atrás el asunto como si nada hubiera pasado.
Pero con Abril, todo era distinto.
—Podemos hacer como que esa noche nunca existió, no me importa —dijo Abril, fingiendo estar relajada, como si adivinara lo que él pensaba.
Y mientras más se hacía la fuerte, peor se sentía Fermín.
Guardó silencio, hasta que soltó:
—Dime qué quieres. Si está en mis manos, te lo doy.
—¿Y si lo que quiero es ser la señora Gómez?

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