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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 316

Macarena jamás imaginó que se encontraría con Fermín en ese lugar.

A juzgar por la expresión de Fermín, él tampoco lo esperaba; por un instante, su cara se tensó, como si el tiempo se hubiera detenido.

Abril, que notó el intento de Fermín por soltarle la mano, apretó con más fuerza y, sin decir nada, lo jaló para acercarse aún más.

Macarena sintió cómo sus propios puños se cerraban con fuerza, como si intentara contener una tormenta que le rugía en el pecho.

Desde hacía tiempo sospechaba que la pérdida de su bebé había sido culpa de Abril, pero nunca había tenido pruebas para confirmarlo.

Pero apenas unos días antes, la verdad salió a la luz.

Abril era, en efecto, la responsable de la muerte de su hijo.

Verla ahí, tan campante, le encendió una rabia que le quemaba el pecho.

Frente a ella, Abril sonreía con esa mueca que poco a poco iba torciéndose en una expresión de triunfo, sus ojos lanzando un reto silencioso.

Macarena apretó la mandíbula, el enojo subiéndole hasta la cabeza como una oleada imparable.

Quería lanzarse sobre Abril, exigirle cuentas, gritarle por lo que había hecho.

Su cuerpo temblaba de furia contenida, apenas logrando controlarse.

Pero entonces sintió el brazo de Benicio rodearle el hombro, y se obligó a tragarse la ira.

Le vino a la mente una advertencia de Benicio, una frase que le había dicho no hacía mucho.

—Si piensas enfrentarte a alguien, asegúrate de que sea para acabarlo de una vez —le había dicho—. Si no puedes hacerlo, más vale no alertar al enemigo antes de tiempo.

Así que, con todo el esfuerzo del mundo, Macarena se forzó a tranquilizarse.

Abril, atenta, captó el cambio en su actitud.

Por un momento, la mirada llena de odio de Macarena la había asustado, pero al ver cómo Benicio la calmaba con solo un gesto, no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa burlona en los labios.

Así que Macarena, apenas terminó con Fermín, ya corría a buscar consuelo en otro hombre.

Abril desvió la mirada hacia el mostrador, donde una sortija brillaba bajo la luz.

—Fermín, este anillo se ve muy bien, ¿no crees? —aventó, con una voz dulce envenenada.

—Ya casi tenemos todo listo para la fiesta de compromiso, pero aún no hemos elegido el anillo. ¿Por qué no nos quedamos con este? Se ve original —añadió, dirigiéndose a la encargada del local—. ¿Podrías envolvérmelo, por favor?

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