Entrar Via

A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 319

Macarena observó cada movimiento de Fermín, y por dentro se sintió más triste y ridícula que nunca por todos esos años desperdiciados.

Durante tanto tiempo, la ignoraron, se burlaron de ella, la menospreciaron, y Fermín nunca movió un dedo para defenderla.

Ahora, ni siquiera se había casado con Abril, y ya andaba barriendo cada obstáculo del camino para ella, pendiente de protegerla ante cualquier cosa.

Lástima.

Macarena no había hablado de un simple final amoroso.

Lo que terminó fue su relación, sí. Pero la verdad, el plan de venganza por su hija apenas comenzaba.

No lo dijo en voz alta. Al ver que Fermín ya no intentaba detenerla, se dio la vuelta sin dudarlo y salió de ahí.

Al cruzar la puerta principal, justo vio cómo Benicio llegaba despacio en el carro.

Macarena abrió la puerta y se sentó de copiloto.

Benicio notó de inmediato su expresión seria; pensó un poco y enseguida entendió.

—¿Fermín te buscó hace rato? —preguntó, sin rodeos.

Macarena se quedó callada un momento, luego asintió.

—¿Y tú cómo lo supiste? —le preguntó, intrigada.

Benicio soltó una risa leve.

—Cuando estábamos en la tienda, vi cómo te miraba. Me imaginé que iba a querer hablar contigo a solas.

—Entonces tú… —Macarena dudó, no terminó la frase.

Pero Benicio captó la idea de inmediato.

—Quieres saber por qué, si ya lo había sospechado, no te lo advertí, ¿verdad?

Ella asintió otra vez.

—Decírtelo no hubiera cambiado nada —explicó Benicio—. Con lo terco que es, si él quería encontrarte, tarde o temprano iba a hacerlo. No vale la pena esconderse, mejor hablar las cosas de frente.

Además, ¿por qué tendría que impedirlo?

Fermín se estaba encargando solo de arruinar su relación, paso a paso.

A Benicio eso hasta le divertía.

Si pudiera, hasta encendería fuegos artificiales para celebrarlo.

Aunque ese motivo no se lo compartió a Macarena.

Ella, pensativa, reconoció que Benicio tenía razón. Así que solo asintió y guardó silencio.

Abril estaba ahí, moviendo con cuidado su brazo, que un médico había entablillado de emergencia.

Fermín se acercó.

De repente, apareció un perro callejero, que se arrimó curioso a Abril y la olfateó.

—¡Ah! —Abril pegó un salto como si hubiera visto una rata, y con una mueca de asco, le dio una fuerte patada al perro—. ¿De dónde salió este animal? ¡Que se largue!

El perro gimió, se encogió y salió huyendo con el rabo entre las patas.

Un empleado llegó corriendo, visiblemente nervioso, y se apresuró a disculparse:

—Perdón, de verdad, es una perrita de la zona. A veces entra a buscar comida. Ya está vacunada y es muy tranquila, nunca ha mordido a nadie.

Abril frunció el ceño.

—Eso no importa. ¿Y si algún día muerde a alguien? No deberían dejar que entren animales así a estos lugares.

Todavía molesta, Abril agarró una toallita húmeda y se frotó una y otra vez la zona donde la perrita la había olido.

Fermín, al ver la escena, se quedó paralizado en el sitio, sin saber qué hacer.

AVISO PARA LECTORES:

Queridos lectores, agradecemos su entusiasmo y apoyo hacia esta novela. Nos comprometemos a continuar con una actualización de capítulos el próximo viernes, 26 de septiembre. ¡Gracias por su paciencia y respaldo!

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste