Macarena se quedó paralizada por un instante. Cuando reaccionó, sus dedos buscaron el anillo con la intención de sacar la hoja oculta y defenderse.
Sin embargo, la persona frente a ella se detuvo de pronto, la tomó de los hombros y la giró, presionándola contra la pared.
Fermín colocó ambas manos a los lados de su cabeza, cercándola.
Respiraba agitado.
Macarena se encontró con su mirada, los ojos de Fermín tenían el borde enrojecido, y ella vaciló por un momento.
Era la primera vez… no, en realidad, la segunda vez que veía a Fermín de esa manera.
La primera vez había sido años atrás, cuando ambos quedaron atrapados en un elevador. La luz se apagó y todo quedó sumido en una negrura absoluta. Fermín, con su miedo a los espacios cerrados, se puso tenso como si estuviera a punto de estallar.
Ella hizo hasta lo imposible por tranquilizarlo, y cuando por fin llegó la ayuda, Fermín se veía igual que ahora.
Atemorizado, inquieto, perdido.
Tan vulnerable.
Macarena lo observó, un tanto desconcertada.
—Macarena, ¿qué esperas que haga? —Fermín la soltó de repente, su voz era una mezcla extraña de emociones—. Fuiste tú quien no quiso volver a casarse, y ahora eres tú quien le hace daño a Abril por celos.
Al escuchar eso, Macarena por fin entendió el motivo de la confrontación.
Había venido a reclamar por Abril.
Hasta hace poco, Macarena había pensado que Fermín ya no tenía ganas de pelear con ellos, que había cambiado.
Pero no.
Simplemente decidió enfrentarla a solas.
Macarena soltó una risita amarga.
—Yo no estoy celosa —le respondió, desafiante—. Fermín, te crees demasiado importante.
—Después del divorcio, con quién estés, a quién te comprometas o con quién te cases, me da exactamente igual.
Fermín también soltó una risa, cargada de ironía.
—¿Y entonces lo del brazo de Abril? ¿No fuiste tú quien la empujó?
Lo había visto todo en la tienda.

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