Macarena se dio cuenta de inmediato de que él estaba bromeando.
Quizá porque ya lo venía anticipando desde hacía tiempo, la llegada de Dante le permitió enfrentar la situación con mucha más calma.
La ansiedad que solía sentir había quedado atrás.
—Entonces, nos vemos mañana —dijo Macarena con una sonrisa, y se inclinó para darle un beso en la mejilla.
Acto seguido, bajó del carro.
—Descansa bien esta noche, duerme temprano y recarga las pilas —le recordó Benicio.
Macarena no volteó, solo levantó la mano y le hizo una seña de “ok”.
Esperó hasta escuchar detrás de ella el motor arrancando, y entonces se detuvo, mirando en dirección a donde el carro desapareció.
El descapotable lujoso se alejó poco a poco del vecindario.
Macarena observó cómo el carro, ya casi perdido en la oscuridad, se desvanecía en la noche y sonrió levemente.
La verdad, había entendido lo que Benicio quería decirle.
No había olvidado que al día siguiente se cumplía un mes desde que empezaron a salir.
Pero, jugarle una pequeña broma le resultaba bastante divertido.
No regresó a la casa hasta que las luces traseras se perdieron de vista.
...
Moana y Perla seguían despiertas, sentadas frente a la mesa mientras jugaban algún juego, aunque Macarena notó que estaban distraídas.
Miró hacia la ventana del salón, que estaba abierta.
Desde ahí, se podía ver perfectamente el sitio donde ella y Benicio se habían detenido con el carro.
Macarena se quedó en silencio.
No dijo nada.
Desde el segundo día que se mudó, ya había sospechado que Moana y Perla eran personas que Benicio había puesto a su lado, pero no veía necesario mencionarlo.
Aunque no era fan de las amistades movidas por dinero, sabía que en este mundo los sentimientos a menudo se mezclan con intereses de todo tipo. Frente a eso, prefería las cosas claras: si la amistad era por conveniencia, al menos ella lo sabía y no necesitaba invertir de más ni fingir demasiado.
Además, mantener el secreto hacía que Benicio estuviera tranquilo, ella se divertía y Perla y Moana parecían no tener problema. Si algún día lo confesaban, seguro sería más incómodo.
Y lo más importante, podía enterarse de muchas cosas a través de ellas.
Con ese pensamiento, Macarena se acercó.
—Chicas, mañana tengo una cita. ¿Me ayudan a elegir qué ponerme?
Apenas acabó de decirlo, Moana se levantó de golpe.
—¡Claro que sí!
Sin perder tiempo, la jaló hacia la habitación.
—Macarena, ni siquiera soy hombre y ya me enamoré de ti.
—Ay, déjame darte un beso —dijo acercándose.
Pero Perla levantó la mano y la detuvo.
—No seas rara, vas a espantar a Macarena.
—Nada que ver, ¿yo rara? Macarena, ¿a poco sí soy rara? —protestó Moana, ofendida.
—Primero límpiate la baba y luego pregunta —le soltó Perla.
—Eso no es baba, es sudor —replicó Moana.
Perla la miró sorprendida.
—¿Y desde cuándo el sudor sale por la boca?
Moana se quedó callada, sin saber qué decir.
Macarena no pudo evitar reírse al verlas discutir.
Hacía mucho que no vivía algo tan divertido.
En el pasado, también solía pelearse y bromear con Lea Torres, igual que ahora. Siempre terminaban discutiendo, ninguna cedía, pero después de un rato, todo quedaba en el olvido y volvían a estar bien.
Al pensar en eso, la mirada de Macarena se volvió un poco triste.

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