Él se había movido con astucia en Rivella, logrando alianzas con las familias Oliva y Gómez para consolidar la posición de los Torres.
Si no fuera porque sus otros doce hijos carecían de la capacidad para dirigir la familia o eran demasiado jóvenes, nunca habría hecho regresar a Ronan.
Ronan ya esperaba esa reacción. Con una mirada igualmente fría, respondió con calma:
—Usted me hizo volver por el futuro de la familia Torres. Mientras no cause un daño irreparable a la familia, no necesito el permiso de nadie para actuar.
Hilario se quedó sin palabras.
Esa había sido la promesa que le había hecho a Ronan.
Pero…
—¡Acabas de ofender a la familia Gómez! —rugió Hilario.
Ronan lo miró con serenidad.
—Abril no es una Gómez.
—¡Pero está a punto de casarse con Fermín y está esperando un hijo suyo!
El hecho de que la familia Gómez hubiera gastado una fortuna para sacar a Abril de la cárcel y silenciar la noticia demostraba que ya la consideraban parte de la familia.
—Vas a ir conmigo a la casa de los Gómez inmediatamente —ordenó Hilario—. Te disculparás y le dirás a la prensa que todo fue un malentendido.
—¿Un malentendido?
Ronan soltó una risa corta.
No respondió, simplemente se dio la vuelta para marcharse.
Su silencio fue más elocuente que cualquier palabra. Su acción ya lo decía todo.
Si hubiera estado dispuesto a disculparse, no la habría denunciado en primer lugar.
—¡Si das un paso más, te retiraré inmediatamente todo el poder que tienes en la familia Torres!
Al ver que sus palabras no surtían efecto, Hilario recurrió a su última carta.
Sabía perfectamente que Ronan actuaba de forma tan impulsiva por Macarena.

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