Fermín estaba recibiendo tratamiento en el hospital de la familia Reyes, por lo que se habían visto inevitablemente en varias ocasiones. A menudo, Fermín lo mandaba llamar.
Decía que era para que le hiciera compañía, pero en su presencia, Fermín, con una frialdad absoluta, dictaba sentencia contra cada una de las personas que habían acosado a Macarena.
Después de dar sus órdenes con indiferencia, se giraba y le preguntaba cómo iban las cosas en el hospital.
Eduardo se quedaba a su lado, temblando de miedo, con la clara sensación de que Fermín estaba mandando una indirecta muy directa.
Así pasaron varios días.
Esa sensación de vivir con el corazón en un puño era peor que si lo hubiera golpeado directamente.
Sin embargo, había algo que lo aterrorizaba aún más.
El embarazo de Abril era falso.
Cuando se enteró, también se quedó de piedra, pero entendió que era una mentira que Abril había dicho para salvarse. En su opinión, era comprensible.
Lo más importante era que el razonamiento de Abril le parecía lógico.
Abril y Fermín estaban a punto de comprometerse, así que un embarazo era solo cuestión de tiempo.
Por eso, sin saber muy bien por qué, decidió ayudarla a mantener el secreto y, aprovechando su posición, falsificó los resultados de la prueba de embarazo.
Pero ahora, con el regreso de Fermín, nada era como él había imaginado.
Había oído que, en los últimos días, Abril había intentado visitarlo dos veces y en ambas ocasiones la había rechazado en la puerta.
Eduardo estaba agazapado en el almacén del hospital, devanándose los sesos sobre qué hacer, cuando Ernesto pasó a toda prisa.
Al verlo, Ernesto se detuvo.
—Doctor Reyes, ¿qué hace aquí? —le dijo amistosamente—. El señor Gómez quiere verlo.
El corazón de Eduardo dio un vuelco. La piedra que sentía en el estómago pareció subirle hasta la garganta.
Sin embargo, recuperó la compostura rápidamente y le preguntó a Ernesto con una sonrisa forzada:
—¿Dijo Fermín para qué? ¿Cómo estaba de humor?
—Igual que siempre —respondió Ernesto, pensativo—.

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