—Vivimos cerca. El señor Oliva nos avisó que usted estaba en peligro y nos pidió que viniéramos lo antes posible.
—¿Se encuentra bien?
Macarena negó con la cabeza, sacó su celular y revisó la ubicación de Benicio.
Tal como había dicho Mohamed, parecía que habían interceptado a Benicio; todavía estaba lejos y tardaría al menos media hora en llegar.
Media hora.
Macarena miró a los hombres que tenía enfrente y luego echó un vistazo al grupo de Mohamed.
Los guardaespaldas de Dante Oliva eran seleccionados rigurosamente y entrenados para matar. En cambio, los hombres que estaban de su lado…
No era que Macarena los menospreciara, pero la última vez Benicio se había enfrentado a ellos y ninguno pudo contra él. ¿Cómo iban a poder contra tantos enemigos ahora?
¿Podrían aguantar media hora?
En ese momento, Mohamed frunció el ceño al ver al grupo de personas que había aparecido de la nada.
—Lárguense —dijo con voz gélida.
El líder de los hombres que protegían a Macarena soltó una risa burlona.
—¿Acaso la calle es tuya? ¿Me voy a ir nada más porque tú lo dices?
—¿Qué clase de hombres son ustedes, montoneando a una sola mujer? Si se sienten muy valientes, vénganse conmigo. Aquí su padre les enseña cómo se hace.
El hombre se arremangó la camisa, listo para pelear.
Mohamed le lanzó una mirada despectiva; claramente no lo consideraba una amenaza. Lo ignoró por completo y caminó directo hacia Macarena.
El hombre agarró a Mohamed de la solapa.
—Te estoy hablando, cabrón, tú…
La mirada de Mohamed bajó hacia la mano del hombre.
—Suéltame.
El otro se rio.
—No quiero, ¿y qué vas a hacer?
Mohamed entrecerró los ojos.
Macarena sintió un mal presentimiento y el pánico la invadió.
—No…
Antes de que pudiera terminar la frase, Mohamed se movió con una velocidad impresionante y le estrelló el puño en la cara al hombre.
Con ese primer golpe de Mohamed, la situación se salió de control y ambos bandos se enfrascaron en una pelea campal.
Pero la diferencia de fuerzas era abismal; muy pronto, Mohamed y sus hombres tomaron la ventaja.
Los aliados de Macarena terminaron con la cara hinchada y moretones por todos lados, tirados en el suelo sin poder levantarse.
—¡Corre!
Alguien le gritó.


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