En aquel entonces, Lea estaba llena de vida.
Pero ahora, al estar frente a él, parecía no sentir absolutamente nada.
Era tal como en los incontables sueños que él había tenido, donde ella simplemente lo ignoraba por completo.
Pero estaba claro que, justo cuando la encontró, ella todavía podía platicar con otros hombres. Incluso les sonreía.
Un miedo inexplicable y difícil de describir comenzó a invadirlo desde el pecho.
—¿Por qué no forcejeas? ¿No se supone que me odias? —preguntó Dante en voz baja.
Su voz incluso parecía temblar un poco.
Lea siguió sin decir una sola palabra y volteó la cara hacia un lado.
Su actitud era bastante clara.
Que él hiciera lo que quisiera con ella.
No iba a pelear, pero tampoco iba a participar en absoluto.
Parecía una muñeca de trapo a la que le habían arrancado el alma.
—No le hice nada a Macarena —dijo Dante, apretando los labios con frustración—. Te hice caso y la dejé en paz.
Fue entonces cuando Lea giró lentamente la mirada hacia su rostro. Él tenía los ojos enrojecidos, con una ferocidad casi salvaje, pero al mismo tiempo con un toque de inocencia, como un niño pequeño que esperaba ser elogiado por un adulto.
—¿Y se supone que debo darte las gracias por eso? —respondió Lea, esbozando una sonrisa cargada de sarcasmo.
Al escuchar que por fin le dirigía la palabra, una chispa de alegría iluminó la mirada de Dante.
—Leita, te busqué por mucho tiempo. Llegué a pensar que...
Antes de que pudiera terminar la frase, Lea empezó a toser de manera repentina.
Al ver esto, Dante se levantó de inmediato y la ayudó a sentarse, pero la tos de ella no se detuvo, sino que se volvió cada vez más violenta.
Un asqueroso sabor a óxido inundó la garganta de la mujer.
De pronto, Lea tosió con brusquedad y escupió sangre.
En menos de cinco minutos, decenas de médicos de la familia Oliva ya estaban reunidos en el pasillo, afuera de la habitación.

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