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A Ella la Salvaste, a Mí Me Perdiste romance Capítulo 493

Le parecía un poco gracioso.

Justo cuando había decidido intentar vivir plenamente, el destino le negaba la oportunidad.

Pero no sentía tristeza ni miedo.

Al contrario, al ver la expresión de Dante en ese momento, la invadió una indescriptible satisfacción, como si su venganza hubiera rendido frutos.

—Ver cómo aquello que más te importa desaparece lentamente... debe sentirse bastante bien —dijo Lea Torres con una sonrisa.

Al principio, era solo una sonrisa sarcástica.

Pero luego, sin saber exactamente por qué, Lea sintió unas ganas inmensas de reír a carcajadas.

—¡Deja de reírte! —exclamó Dante, al borde del colapso.

Pero Lea rio aún más fuerte.

Rio hasta que las lágrimas asomaron a sus ojos.

Dante caminó a zancadas hasta la cama y se sentó de golpe, sujetándola de los hombros con ambas manos. Sus ojos, enrojecidos e inyectados en sangre, rebosaban resentimiento y furia.

—¡Te dije que dejes de reírte!

¡Plaf!

Apenas terminó de hablar, Lea levantó la mano y le cruzó la cara con una bofetada contundente.

—¿Con qué derecho te atreves a estar triste? —preguntó Lea, mirándolo con total serenidad—. ¿Acaso no es culpa tuya todo esto?

Dante no respondió; solo la miró fijamente.

Lea sonrió levemente.

—¿Qué pasa? ¿Vas a humillarme como antes? ¿O vas a amenazarme con la vida de otra persona de nuevo?

Su tono era tan tranquilo que parecía estar hablando de algo sin importancia.

Incluso había un rastro de diversión en su mirada.

Pero cuanto más tranquila se mostraba, más pánico sentía Dante en su interior.

Desde que había tomado el control de los negocios de la familia, nadie se atrevía a desafiarlo. Nadie se interponía en lo que quería tener o hacer.

E incluso si alguien lo intentaba, era inútil; él siempre lograba sus objetivos sin importar los medios.

Pero con Lea, sentía que había perdido por completo el control.

Una sensación de impotencia lo envolvió.

Antes, lo que más le gustaba era verla sonreír. Le rogaba que le sonriera a él. Pero ahora, esa sonrisa le lastimaba la vista.

—No vas a morir...

Murmuró en voz baja.

Pero su tono se volvió cada vez más firme.

...

En la vieja casona de la familia Gómez.

El ambiente en el comedor era sumamente tenso.

Tras las palabras de Fermín, el lugar se sumió en un breve y sepulcral silencio.

Abril Cordero estaba pálida, apretando los cubiertos con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

Florencia frunció el ceño y cruzó una mirada de asombro con su esposo, Nelson.

Sabrina abrió los ojos de par en par, atónita. La mano con la que estaba por llevarse un bocado a la boca se quedó paralizada en el aire, y la comida cayó de nuevo al plato con un ruido seco.

Incluso Paula, la abuela, no pudo evitar mirar a Fermín con evidente confusión.

Desde su última recaída, la anciana por fin había recuperado algo de energía. Y como Fermín acababa de recuperarse de una herida de bala, Florencia había ordenado a los empleados preparar esta gran cena familiar en su honor.

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