Ernesto actuó con rapidez. Apenas ocurrió el incidente, ordenó a los guardaespaldas evacuar a los periodistas, indemnizó al fotógrafo por los daños a su cámara y despejó el lugar.
En el lugar solo quedaron Macarena Molina y Fermín Gómez, acompañados por un puñado de guardias.
Macarena logró calmar sus emociones y negó con la cabeza.
—No es nada.
Recordando que él, de hecho, la había ayudado, su tono perdió la frialdad de antes.
—En lugar de preocuparte por mí, deberías preocuparte por ti mismo.
—Y no vuelvas a hacer esto. Cuando Benicio Oliva me enseñó a defenderme, aprendí a esquivar este tipo de ataques. No tenías por qué interponerte, y no quiero seguir debiéndote favores.
Fermín apretó los labios, sin emitir sonido alguno.
Durante los días que pasó con Macarena en el fondo de aquel acantilado, se dio cuenta de que ella ya no era la mujer frágil de antes.
Sabía perfectamente que, aunque él no hubiera intervenido, Macarena habría salido ilesa.
Pero ni él mismo entendía por qué su instinto fue protegerla.
Antes de que su cerebro pudiera procesarlo, su cuerpo ya se había movido por cuenta propia.
Al ver que no respondía y que su expresión denotaba cierta incomodidad, Macarena lo entendió todo: seguramente lo había hecho para intentar reducir la culpa de Abril Cordero.
Al llegar a esa conclusión, la fugaz compasión que había sentido le pareció ridícula.
—Si la distribución de la habitación sigue igual, el botiquín está en la mesa de noche del dormitorio. El frasco marrón tiene un antiséptico que también ayuda a bajar la hinchazón y los moretones —añadió Macarena con indiferencia.
*Considera esto como mi agradecimiento.*
—Si no hay nada más, me retiro.
Fermín se quedó mirando cómo se alejaba, con las instrucciones de ella aún resonando en sus oídos.
Por un instante, sintió como si hubieran retrocedido al tiempo en que estaban casados. Si no se hubieran divorciado, ella lo habría llevado corriendo a curarse y a ver a un doctor.
No le habría dado una indicación tan fría y distante como ahora.

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