La abuela solía mirarlo con falsa severidad.
—Una muchacha tan excepcional como Macarena no se encuentra ni buscando por cielo y tierra. Tienes que valorarla, muchacho tonto.
—Que ni me entere de que le haces daño a mi Macarena, porque te juro que te rompo las piernas.
En aquel entonces, él lo tomaba a la ligera. Para él, la inteligencia de Macarena era pura manipulación, su sensatez era adulación, y su belleza...
Bueno, eso no lo podía negar.
Pero mujeres con rostros hermosos había muchas, y su prejuicio hacia ella era tan grande que lo cegaba por completo.
Así que siempre le respondía con evasivas o le pedía a Ernesto que lo llamara para inventar una excusa y huir.
Y ahora, él, que tanto detestaba esas situaciones, deseaba con toda su alma retroceder el tiempo para volver a escuchar las palabras de su abuela.
Esta vez, respondería en serio.
Prometería valorarla con toda su alma.
Por otro lado, Ernesto, tras lidiar con los periodistas y dejar todo en orden, regresó apresurado.
Al ver que Fermín seguía en el mismo sitio, se acercó a paso rápido.
—Señor Gómez, don Nelson lo espera en la sala principal —dijo mientras caminaba.
Ernesto sentía un nudo en el estómago.
El tono de voz de Nelson Gómez por teléfono auguraba una tormenta.
Nelson y Florencia Gómez adoraban a su hijo. Desde que lo prepararon para liderar la familia, jamás cuestionaron sus decisiones, por más incomprensibles que parecieran a simple vista.
Pero eso se debía a que Fermín tenía una visión implacable, era racional y decisivo; sabían que nunca pondría en riesgo los intereses del Grupo Gómez.
Pero esta vez era diferente. Hasta Ernesto se había dado cuenta de que lo que hizo hoy no tenía nada de lógico ni racional.
Fermín sabía desde hace tiempo sobre el falso embarazo de Abril. Lo había ocultado a todos, solo para desenmascararla hoy frente a su exesposa, en medio de la controversia.

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