Antes de que pudiera terminar la frase, Dante la sujetó por los hombros de un movimiento brusco. Ignorando por completo sus forcejeos, se inclinó, unió sus labios con los de ella, obligándola a abrir la boca, y le pasó la sopa de su propia boca a la de ella.
Al darse cuenta de lo que estaba haciendo, Lea lo empujó con todas sus fuerzas.
*Qué asco.*
Sintió que el estómago se le revolvía. Tosió violentamente, intentando vomitar, pero tenía el estómago tan vacío que no salió nada.
—Si sigues sin comer, te voy a amarrar a la cama y te voy a alimentar de esta misma manera hasta que te termines todo —la amenazó Dante, con la voz cargada de ira.
Ella odiaba que la tocara.
En el pasado, con tal de evitar su contacto físico, habría obedecido sus órdenes por más furiosa que estuviera.
Pero esta vez, no había rastro de rabia en ella.
Al no poder devolver nada, Lea se limpió los labios con el dorso de la mano.
Observó la expresión exasperada del hombre frente a ella y esbozó una leve sonrisa.
—Como quieras. De todos modos, ya no me queda mucho tiempo.
Había un claro tono de sarcasmo en su sonrisa.
Dante sintió que el pecho le apretaba hasta doler.
Su mirada se desvió hacia el caballete junto a ella. Incapaz de contenerse más, apretó los puños con fuerza.
En el lienzo había un boceto a lápiz de un hombre.
Tenía el cabello corto e impecable, vestía un traje elegante y transmitía un aura de infinita ternura.
Aunque todavía no le había dibujado el rostro ni los detalles, Dante lo reconoció al instante: era Noah.
¿Cómo no iba a darse cuenta? Durante todos esos días, Lea se había estado torturando a sí misma con un solo propósito: quería morir pronto para ir a buscarlo.
Cegado por una mezcla explosiva de ira y celos, Dante agarró el dibujo de un tirón.
—¡Déjalo! —gritó Lea, aterrorizada.
Al ver que Dante estaba a punto de rasgar el papel por la mitad, Lea no lo dudó ni un segundo y se subió ágilmente a la barandilla del balcón.
—¡Si te atreves a romperlo, te juro que me tiro ahora mismo!
Para evitar que Lea intentara escapar, Dante había mandado a cerrar todo el balcón al principio, sin dejar ni una sola rendija.

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