Mientras hablaba, Abril levantó la mano y, con delicadeza, acarició el rostro de Fermín. Sus ojos reflejaban una mezcla de preocupación y ternura.
—Se nota que en estos días bajaste mucho de peso —murmuró—. Imagino que estar separados les ha dolido a los dos, ¿verdad?
Fermín se quedó callado, con la mirada perdida.
De la nada, una imagen cruzó su mente: Macarena junto a otro hombre, tan cerca, como si el mundo a su alrededor no existiera. Esa sonrisa de ella, tan viva, tan ajena.
¿De verdad estaría sufriendo?
Más bien parecía disfrutarlo.
Con el ceño apretado, bajó la mirada hacia su celular. Ya habían pasado casi tres horas desde el último mensaje, y Macarena ni siquiera se había molestado en responderle. El fastidio le empezó a subir por el pecho, como una oleada amarga.
—Nadie está sufriendo por ella, no vuelvas a mencionarla. Además, fue ella quien decidió irse. Si regresa o no, es asunto suyo —espetó, la voz dura.
—Pero... —vaciló Abril, dudando si insistir.
—Nada de peros. Tú no hiciste nada mal, no tienes por qué disculparte —reviró Fermín, sin titubear.
Escuchar esas palabras, tan tajantes y protectoras, le dibujó a Abril una sonrisa que se esforzó por ocultar. Pensó que tendría que esforzarse más para que Fermín se pusiera de su lado, pero todo resultó mucho más fácil de lo esperado.
Tal como le había dicho Sabrina, para Fermín ella seguía siendo la número uno.
A veces Fermín defendía a Macarena, sí, pero lo hacía por la costumbre de esos cinco años de matrimonio. No era Macarena como persona lo que protegía, sino el papel de esposa que había ocupado a su lado. Si hubiera sido otra en su lugar, le habría dado lo mismo.
Pero el lugar de Abril, ese no se lo quitaba nadie.
Conteniendo la sonrisa, Abril aceptó lo dicho y no insistió más, porque entendía que Fermín lo decía de corazón.
Ya era muy tarde cuando Fermín propuso que Abril se quedara a dormir en la casa.
Su intención era que ella ocupara su cuarto y él pasara la noche en la habitación de invitados. Sin embargo, al subir, Abril entró directamente al cuarto que había sido de Macarena.
—Fermín, mejor quédate en tu propio cuarto. Dormir en otra cama no te deja descansar bien. Yo me quedo aquí, ¿te parece?
Hizo una pausa y añadió:
—Si Macarena se entera, seguro lo entiende.



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