—No es necesario —dijo Fermín, con un tono tan cortante que el aire casi se podía partir—. Además, borra cualquier rastro de que estuve aquí.
No iba a dejar que Macarena se saliera con la suya.
Si ella quería jugar, pues que jugara sola.
Fermín, en el fondo, tenía curiosidad por ver cuánto le duraba la gracia a Macarena, cuánto tiempo más podría seguir con ese jueguito.
Ernesto, desde la puerta, vio cómo Fermín se marchaba sin mirar atrás. Se secó el sudor que le escurría por la frente y no pudo evitar pensar para sí mismo.
Llevaba años trabajando con el señor Gómez y casi nunca lo había visto así.
Parecía un niño encaprichado, haciendo berrinche porque no le salían las cosas a su modo.
Hace apenas unos minutos estaba tan pendiente de Macarena, y ahora se hacía el que no pasaba nada, como si ella no le importara.
Con esa actitud, ¿cómo se supone que la señorita Molina iba a darse cuenta de algo?
Ernesto soltó un suspiro.
Por mucho que pensara, no se atrevía a meter más leña al fuego, así que solo le quedaba hacer lo que le pedían.
...
Mientras tanto, del otro lado de la ciudad, Macarena bajó del carro que Ronan había estacionado frente a la casa de la familia Gómez.
El medicamento que le recetó el doctor el día anterior había hecho efecto y, después de una buena noche de sueño, su pie ya estaba mucho mejor.
En realidad, Macarena quería manejar ella misma, pero en cuanto Ronan se enteró de que iba a salir, no lo dudó y la llevó en su carro hasta la puerta.
Cuando le llegó el mensaje avisando que ya la esperaba abajo, Macarena se sintió un poco incómoda.
Ronan acababa de regresar al país y ella ya le estaba pidiendo favores.
Pero él solo se encogió de hombros y sonrió:
—Hoy de todas formas teníamos que firmar el contrato. Además, ahora que estoy de vuelta, seguro necesitaré tu ayuda para un montón de cosas.
Con esa respuesta, a Macarena no le quedó más remedio que aceptar su ayuda sin protestar.
El carro se detuvo en el mismo sitio donde tantas veces había estacionado antes. Macarena se bajó y avanzó hacia la casa donde había vivido los últimos cinco años.
El jardín rebosaba de flores de todos los colores, y el columpio junto a la puerta se movía suavemente con el viento.
Todo parecía igual que cuando se fue.
Pero, en el fondo, todo había cambiado.


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