Rubén estaba tan furioso que empezó a echar espuma por la boca antes de desplomarse en el suelo, completamente inconsciente.
Aterrada, Melina se apresuró a darle unas palmaditas en el rostro con desesperación. Después de un momento, Rubén finalmente recobró el conocimiento.
—Papá, escúchanos a mi mamá y a mí, te lo podemos explicar, fuimos...
Melina, al verlo despertar, intentó justificarse de inmediato.
¡Zas!
Pero, antes de que pudiera terminar la frase, Rubén le cruzó la cara con una bofetada brutal.
El golpe fue tan fuerte que la cabeza de Melina se giró hacia un lado, y un hilo de sangre comenzó a escurrir por la comisura de sus labios.
Rubén estaba furioso. Señalando con el dedo a madre e hija, que aún llevaban la ropa desarreglada, estalló:
—¡Ustedes... ustedes han hundido por completo el prestigio de la familia Muñoz!
—Yo... yo...
Rubén estuvo a punto de desmayarse de nuevo por el coraje. Con gran esfuerzo, logró estabilizar su respiración, sintiendo cómo su pecho subía y bajaba bruscamente.
Acto seguido, sacó su teléfono y marcó el número de Diego Muñoz.
En ese momento, Diego acababa de salir de la reunión anual del Grupo Muñoz. Estaba que echaba humo por culpa de los reportes financieros llenos de números rojos presentados por el departamento de finanzas.
Apenas había regresado a su oficina y, sin haber tenido tiempo siquiera de tomar agua fresca, recibió la llamada de Rubén.
—Papá —dijo Diego tras soltar un profundo suspiro, intentando calmarse.
Rubén, echando chispas, le gritó al otro lado de la línea con todas sus fuerzas:
—¡Diego! ¡Ven ahora mismo a la habitación 1101 del Gran Hotel Horizonte!
—¡Ven a ver con tus propios ojos la estupidez que acaban de hacer tu madre y tu hermana!
—¡Si las cosas siguen así, esta familia está acabada! ¡Te toca a ti limpiar este desastre!

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