Después de una semana entera de trabajo incesante, por fin logró un breve respiro.
Al caer la noche, Diego regresó a su enorme y lujosa oficina, arrastrando un cansancio abrumador.
A través de los grandes ventanales podía ver las luces deslumbrantes de Solsepia. La decoración de la oficina seguía siendo imponente y elegante, pero mientras se dejaba caer en su sillón de cuero, solo sentía un vacío pesado en el pecho.
El gigantesco imperio del Grupo Muñoz ahora se tambaleaba al borde del colapso, siendo poco más que una fachada vacía.
El agotamiento lo consumía por completo. Se frotó las sienes con frustración y su mirada recayó lentamente en una pequeña fotografía sobre su escritorio.
En la imagen, la pequeña Reni sonreía con ternura, con sus ojitos dulces y llenos de vida.
Era la única luz que le quedaba en medio de tanta oscuridad y desesperación.
Con solo mirar la sonrisa de su hija, sentía que sus músculos tensos se relajaban un poco y la carga sobre sus hombros se volvía menos asfixiante.
Diego tomó su teléfono, dispuesto a escribirle un mensaje a Amaya para preguntarle cuándo podría visitar a Reni.
Pero justo en ese momento, una serie de notificaciones de última hora inundó su pantalla. Los titulares en letras negras y gruesas golpearon su vista como un relámpago, clavándose en su pecho:
[¡ÚLTIMA HORA! Rubén Muñoz, fundador del Grupo Muñoz, fallece de un infarto fulminante a los 65 años].
[¡Escándalo millonario rompe el internet! ¡Suegra y nuera de la familia Muñoz se pelean a golpes en vivo, los implantes de Josefa salen volando!]
Esos dos titulares destrozaron por completo la poca compostura que le quedaba a Diego.
Sintió una sacudida violenta en todo el cuerpo, como si la sangre se le hubiera congelado en las venas. Saltó del sillón como impulsado por un resorte, apretando el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. ¡Estaba temblando!
¡¿Su padre estaba muerto?!

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