Romeo la miró con absoluta calma.
—Lo sabemos perfectamente. Pero confiamos en que, si les damos los fondos suficientes y un poco de tiempo, podrán revertir la situación rápidamente y salir de esta crisis.
Luego, Romeo desvió la mirada hacia Diego. En sus ojos tranquilos se podía vislumbrar un rastro de aquel profundo afecto fraternal de sus viejos tiempos.
—Diego, ¿tienes fe en ti mismo?
Diego levantó la cabeza lentamente para mirar a Romeo. En ese momento, le resultaba imposible describir con palabras el torbellino de emociones que sentía en su interior.
Había creído que la grieta entre él, Amaya y Romeo jamás tendría arreglo en esta vida.
Pero ahora, en su hora más oscura, en el momento en que se sentía más acorralado y desesperado, los primeros en tenderle una mano no habían sido sus parientes de sangre, sino ellos dos.
El corazón de Diego era un mar de confusión: ira, vergüenza, gratitud... todas esas emociones hervían juntas, quemándole por dentro.
Lentamente, levantó el puño y lo chocó con el de Romeo en un gesto de complicidad.
Asintió con fuerza, y un ligero brillo húmedo apareció en sus ojos.
—¡Sí! Seis meses. Denme solo seis meses y les juro que sacaré al Grupo Muñoz de este agujero.
Romeo respondió con determinación:
—Muy bien. ¡Entonces el Consorcio Eje los respaldará por seis meses!
—Diego, espero que esta vez no nos decepciones.
Diego miró profundamente a la pareja. Fue justo en ese instante cuando comprendió lo abismal que era la diferencia entre él y Romeo.
La grandeza de su espíritu, su empatía, su elegancia y su manera tan centrada de ver la vida... Todo eso era algo que Diego había intentado alcanzar desesperadamente, pero que jamás podría igualar.
Y la brecha no solo estaba en ellos mismos, sino en las familias que los respaldaban.
Al comparar a los padres de Romeo con los suyos, Diego se dio cuenta de que ya no quedaba ni un solo rastro de resentimiento en su interior; ahora sentía un respeto absoluto.

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