Amaya no sabía bien qué decir para reconfortarlo, así que simplemente le dio unas palmadas en el hombro:
—Menos mal que te diste cuenta a tiempo. De seguir así, ni siquiera quiero pensar qué le habría pasado a tu niño.
Con una mano metida en la bolsa del pantalón, Romeo miró a Amaya en silencio. En el fondo de sus ojos se ocultaba una tristeza desgarradora:
—Ahorita pedí que le hicieran un lavado de estómago. Más tarde lo pasarán al área de pediatría para hacerle un chequeo completo.
—Este matrimonio se acabó para mí. Sin embargo, todavía no es el momento adecuado para pedir el divorcio.
Por la forma en la que hablaba, parecía que Romeo ya veía a Amaya como a una vieja amiga de confianza, compartiéndole sus penas con total naturalidad.
Aunque en realidad esta apenas era la tercera vez que se cruzaban, y nunca habían conversado sobre asuntos personales tan a fondo.
Quizá, el hecho de estar metidos en dramas similares generaba una especie de empatía silenciosa entre ellos.
Amaya asintió con la cabeza:
—Te entiendo. Cuando uno ya no es feliz, hay que cortar por lo sano. Yo estoy haciendo lo mismo, aunque Diego le está dando largas y no quiere soltar el papel.
Romeo también asintió:
—Fui a buscar a Diego anoche. Le dejé muy claro que ya resolví todos los asuntos de vivienda y gastos de Vera y de mi hijo. Ya no necesitamos que él ayude con nada, espero que haya captado la indirecta.
Amaya soltó una risa sarcástica:
—Me temo que nunca lo va a entender.
Romeo notó el sarcasmo en sus palabras y la miró con cara de duda:
—¿A qué te refieres?
Amaya sacó su celular, abrió la foto que Vera le había mandado y se la puso a Romeo frente a los ojos.
Como Romeo acababa de ver a Diego hacía unas horas, con un solo vistazo reconoció a quién le pertenecía ese perfil a medias, y entendió de inmediato qué postura y qué ángulo se necesitaban para tomar una imagen así.
El semblante de Romeo se congeló por completo. Su rostro apuesto y por lo general amigable ahora estaba dominado por una furia abrumadora.
Amaya se percató de que tenía los puños apretados con demasiada fuerza, así que se apresuró a aconsejarle:
—Romeo, muchas veces es inútil intentar cambiar la manera de pensar de los demás.


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