—Hola, señora. Le explico. La fiebre de la bebé ha bajado un poco por ahora y está en unos 38 grados. Dado que la bebé es tan pequeña, el doctor sugiere que la hospitalicemos. Si está de acuerdo, acompáñeme para hacer el trámite de ingreso.
Al escuchar la palabra «hospitalización», las piernas de Amaya comenzaron a temblar por instinto:
—¿Es... es muy grave? ¿Cómo está la bebé? ¿Se encuentra bien?
La enfermera notó su preocupación y nerviosismo, así que trató de tranquilizarla:
—No es nada grave. Últimamente hay muchos casos de bebés con fiebre recurrente por contagio viral. La hospitalización es solo para tenerla en observación y cuidarla mejor. Por el momento su estado es estable, no se preocupe.
Amaya se limpió el sudor frío de la frente y de inmediato aceptó internarla.
Mientras seguía a la enfermera hacia la recepción, Amaya pensó que algo no cuadraba.
Precisamente porque la bebé era muy pequeña, aparte de aquella vez que fueron a la plaza comercial, no la habían vuelto a sacar. A lo mucho, cuando el clima estaba agradable, Marta la paseaba en su carriola por la planta baja del edificio.
Amaya era muy estricta con la higiene; cada vez que regresaban de la calle, se desinfectaban antes de cargar a la bebé.
En teoría, era casi imposible que hubiera estado expuesta a un virus.
Amaya se quedó con la duda, pero no le dio más vueltas al asunto y se apresuró a hacer los trámites de ingreso.
Poco después, ella y Marta llevaron a la bebé a la zona de hospitalización.
Pensando en la comodidad y salud de la niña, eligió una habitación VIP privada.
Al principio Renata estaba algo adormilada, pero a medida que le bajó la fiebre, recuperó el ánimo. Tomó su leche e incluso balbuceaba como si platicara con ellas.
Amaya apenas empezaba a sentirse un poco más aliviada cuando entró la enfermera a tomarle la temperatura y descubrió que estaba subiendo de nuevo. Su corazón volvió a dar un vuelco de angustia.
Esa noche, Amaya apenas pudo pegar el ojo.
Después de que le bajara la fiebre, Renata volvió a arder en la madrugada, y la temperatura no lograba ceder por completo; incluso cuando bajaba, se mantenía en una febrícula de unos 37.5 grados.
Amaya nunca en su vida había sentido tanto terror.
Cuando la enfermera trajo los resultados de los análisis y confirmó que se trataba de una infección viral, Amaya sintió que el corazón le iba a estallar.


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