—Cuéntame con detalle qué pasó el día que se vieron.
Al ver que Amaya no tenía la intención de correrla en ese momento, Marta logró calmarse un poco, aunque seguía estrujando su ropa con las manos:
—Al principio querían venir a la casa, pero les dije que usted había dado órdenes estrictas de no revelar dónde vivíamos, así que no insistieron. Al final, nos vimos en la plaza que está aquí cerca.
—El señor Muñoz se volvió loco de felicidad al ver a Reni. De inmediato la cargó y no dejó de darle de besos, hasta que Reni se hizo del baño y empezó a llorar, entonces me la devolvió.
—Todo fue muy rápido. Comimos algo y después me traje a Reni de vuelta.
Marta le relató todos los detalles de aquel encuentro sin pausas.
Amaya sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
Diego había estado yendo al hospital con demasiada frecuencia en estos últimos días.
Además, la última vez que se vieron, lo escuchó toser un par de veces. Pensar que en ese estado había llenado de besos a Reni solo significaba una cosa: lo más probable era que él ya trajera el virus y se lo hubiera contagiado a la niña.
Analizando la situación, Amaya notó una laguna en la historia de Marta. Por seguridad, le había asignado a Saúl como escolta.
Si Marta se llevó a Reni a escondidas para verse con ellos, ¿por qué Saúl no se lo había reportado?
Amaya preguntó con el ceño fruncido:
—Cada vez que sales, la seguridad te acompaña, ¿no? ¿Por qué no me informaron de esto?
Marta desvió la mirada, nerviosa:
—Yo... yo engañé al guardia. Le dije que solo iba a bajar a caminar con Reni un rato por el complejo. Como salí menos de una hora, no sospechó nada.
—Está bien, ya entendí la situación.
Amaya se quedó en silencio durante un buen rato, mirando fijamente a Marta:
—Cuando estaba a cargo de mi equipo en la empresa, exigía obediencia total. Actuar a mis espaldas es cruzar mi límite.

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