Amaya no sabía si reír o llorar ante la reacción de su madre.
¿En qué momento el viaje a Veridia la había vuelto más indomable y atrevida que ella misma?
¿Acaso...?
Una sospecha descabellada cruzó por su mente, pero decidió guardársela; ese no era el momento ni el lugar para hacer preguntas.
Los alaridos histéricos de Vera atrajeron a un montón de médicos, enfermeras y personal de seguridad, incluyendo a Sonia, su madre adoptiva.
Sonia corrió despavorida hacia el tumulto. Al ver a su hija llorando desconsolada en el suelo y luego a Beatriz de pie junto a Amaya, los ojos se le llenaron de furia.
—¡Serás infeliz, Beatriz! ¡Tú le pegaste a mi hija, ¿verdad?!
—¡Par de descaradas! ¿Qué se creen, que pueden hacer lo que se les dé la gana? ¡Te juro que hoy mismo hago que las encierren en la cárcel!
—¡¿Dónde está el director del hospital?! ¡Llámenlo de inmediato! ¡Quiero que hable con la policía para que se lleven detenida a esta vieja! ¡Ahí están las cámaras de seguridad! ¡Esto es una agresión y no se van a librar!
Sonia vociferaba apuntando directamente a la cara de Beatriz.
Ella llevaba un abrigo costosísimo y un maquillaje impecable, mientras que Beatriz se había puesto ropa cómoda para estar en la habitación y se había lavado la cara.
El contraste era evidente: una intentaba lucir como la realeza, y la otra se veía de lo más casual.
Al ver el nivel del escándalo en la zona VIP, el médico de guardia le hizo una seña disimulada a la jefa de enfermeras para que fuera a buscar al director.
Beatriz, sin embargo, se cruzó de brazos y observó el berrinche de Sonia con total indiferencia:
—Vaya, vaya. Con razón tu hija salió tan resbalosa y se dedica a destruir matrimonios ajenos; de tal palo, tal astilla.
Aquella simple frase provocadora logró que el rostro de Sonia se pusiera pálido del coraje:
—¡Beatriz, no digas estupideces! ¡Las únicas vulgares y busca pleitos aquí son tú y tu hija!
—¡Mi hija está casada con un hombre de la familia Ortega! ¡¿De dónde sacas que es una robamaridos?! ¡Lávate la boca antes de levantarle falsos!
Beatriz soltó una carcajada burlona:
—¿De la familia Ortega? ¡Uy, qué honor! Pero dime una cosa, con tanta clase y dinero que tienen ahora, ¿cómo es que a la señora se le ocurrió empastillar a su propio hijo para que durmiera?
—A la que escuchamos llorando a moco tendido por los pasillos suplicándole a su marido que no la abandonara y jurando que era inocente, fue a tu princesita, ¿o me equivoco?
—Hay que tener las entrañas podridas para hacerle eso a un bebé de apenas dos meses, que por cierto, nació el mismo día que mi nieta. ¿Acaso el escuincle no es hijo legítimo de los Ortega y por eso quiere deshacerse de él tan pronto?
A pesar de haber pasado los últimos meses en Veridia recuperándose, Beatriz estaba perfectamente enterada de todos los chismes y escándalos de la ciudad.
Sobre todo desde aquella llamada de Sofía. Preocupada por la seguridad de Amaya y de su nieta, Beatriz había mandado investigar todo con lupa.
Le alegraba muchísimo saber que Amaya por fin se había quitado la venda de los ojos con respecto a su matrimonio y empezaba a defenderse. Todo lo que su hija había hecho últimamente la llenaba de orgullo.
Si no fuera por eso, habría tomado un vuelo de regreso en cuanto salió del quirófano; no habría podido aguantar tanto tiempo lejos.
Esos dos meses de coraje acumulado se convirtieron en pura artillería pesada. Sus comentarios mordaces dejaron a Sonia con la cara roja de la vergüenza, boquiabierta y sin saber qué responder.
—¡Tú... tú... Beatriz! ¡Me las vas a pagar!


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