Mientras platicaban en voz baja, Diego terminó de cambiar a su hija con una habilidad envidiable.
Sostuvo el pequeño cuerpecito con extremo cuidado, volviéndolo a acunar en sus brazos para que la cabecita de la bebé descansara bajo su barbilla.
En ningún momento apartó la vista de su hija; su expresión, tan serena y embelesada, era la viva imagen de un padre devoto.
Amaya observó la escena en silencio por un buen rato y, sin poder evitarlo, esbozó una ligera sonrisa...
«Se nota que practicó bastante en casa de Vera durante la cuarentena», pensó al ver la fluidez de sus movimientos, que no tenían nada de la torpeza de un padre primerizo.
Al recordar ese detalle, cualquier atisbo de ternura que hubiera sentido se esfumó de golpe, reemplazado por una oleada de asco y repulsión en el pecho.
—¿De verdad te quedaste aquí toda la noche? Qué milagro —comentó Amaya, sentándose en la cama de acompañante con un tono cargado de sarcasmo.
Diego se dio la vuelta rápidamente, aún con la bebé en brazos, y al ver a Amaya, una cálida sonrisa asomó en sus labios:
—Sí, no dormí en toda la noche; me la pasé arrullando a nuestra hija.
—Ya me hicieron los análisis y se me quitó por completo la gripa, no te preocupes —añadió—. Además, me desinfecté de pies a cabeza.
Amaya notó las ojeras oscuras bajo sus ojos; en efecto, parecía haber pasado la noche en vela.
Marta, con una sonrisa de oreja a oreja, intervino:
—No sabe, señora. Para que usted pudiera descansar, el señor cargaba a la niña apenas empezaba a quejarse.
—Es bien curioso —continuó la niñera—, la pequeña se calma en cuanto él la carga; como que presiente que es su papá. Seguro le encanta que la tenga en brazos.
Amaya frunció el ceño por instinto.
«Ahí va Marta otra vez», pensó.
Últimamente, la niñera aprovechaba cualquier pretexto para convencerla de no divorciarse, pidiéndole que tratara de acoplarse a Diego y salir adelante juntos, dándole sermones sobre el matrimonio cada que podía.
Pero Amaya no le prestaba atención a una sola palabra.



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