La cálida palma del hombre acariciaba suavemente el dorso de su mano, enviando una corriente eléctrica casi imperceptible a través de sus nervios que amenazaba con derrumbar todas las defensas que tanto le había costado construir en ese tiempo.
Por un fugaz instante, Amaya estuvo a punto de ceder.
Al mirar a Reni dormir plácidamente en sus brazos, recordó la ilusión que sintió al enterarse de su embarazo: quería darle a su hija una familia completa, verla crecer rodeada del amor de sus padres.
Pero, justo cuando su resistencia estaba a punto de ceder, las siguientes palabras de Diego cayeron sobre ella como un balde de agua helada:
—Ami, empecemos de cero. Dejemos todo esto por la paz, ¿te parece?
—Lo que le pasó a tu mamá hace años, tómalo como un accidente... ya no le rasques más al asunto, ¿sí?
—De ahora en adelante, viviremos felices los tres; te prometo que no dejaré que vuelvas a pasar por ninguna pena.
Amaya se quedó helada y abrió los ojos de par en par. Se quedó callada unos segundos y, juntando todas sus fuerzas, lo empujó bruscamente para zafarse de su abrazo.
—Diego, sigues siendo el mismo de siempre.
Amaya retrocedió un paso, y su mirada se volvió de hielo, aún más fría que cuando Josefa estaba ahí:
—¿Por qué te imaginas que voy a pisotear la inocencia y el orgullo de mi madre a cambio de esa supuesta "felicidad de familia"?
—Voy a investigar lo que le hicieron hasta las últimas consecuencias. Sin importar quién haya participado, ¡no pienso perdonar a nadie!
Clavando sus ojos directamente en los de Diego, soltó cada palabra como un veneno:
—Así que no intentes tapar el sol con un dedo. Ahora me toca preguntarte a ti...
—Si decido descubrir toda la verdad y resulta que tu madre es una de las sospechosas, ¿vas a encubrir sus bajezas, o te pondrás de mi lado para hacerle justicia a la mía?
—Escoge, Diego.
Diego se quedó petrificado.
Jamás imaginó que, después de todo su esfuerzo, de incluso llegar al extremo de desafiar a su propia madre para que Amaya por fin bajara la guardia, todo se derrumbara de un plumazo por resentimientos de la generación pasada.


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