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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 155

—¡Amaya, ¿de dónde quieres que mi mamá y yo saquemos cincuenta millones así de rápido?! ¡No te pases de lista! ¡Todo esto se te va a regresar! ¡Diego, Diego! ¡¿No le vas a poner un alto?! ¡Tía Josefa, tía Josefa! ¡Hagan algo para controlarla! —lloraba a todo pulmón, llevándose las manos a la cabeza mientras la situación la sobrepasaba. Se arrastró hacia Diego y Josefa como loca para rogarles, cayendo en un colapso absoluto.

Josefa soltó un suspiro profundo:

—Amaya, si te comprometes a que nada de esto salga, yo... puedo considerar que registremos a tu hija como parte de la familia Muñoz.

Amaya le echó una mirada fría:

—No hace falta. Mi hija ya está registrada y lleva mi apellido Ibarra.

A Josefa le temblaron las pupilas:

—¿Qué? Tú... tú... ¡¿cómo te atreves a ponerle tu apellido a la niña sin nuestro consentimiento?! ¡Diego, escúchala, nomás escúchala!

Diego, con la cara ensombrecida, se mantuvo en silencio.

Estaba clavado en su lugar, sin mover un músculo. Él, que siempre se mostraba imponente y superior, ahora no tenía ninguna presencia ni autoridad ante Amaya; parecía aire.

Intentaba reflexionar con calma sobre lo que iba a hacer de ahora en adelante.

Amaya se había vuelto incontrolable y él ya no podía dominarla en lo absoluto.

Sabía perfectamente que las cosas pintaban muy mal si seguían así, pero no tenía la menor idea de cómo detenerlo.

—Empiezo la cuenta regresiva. Diez, nueve, ocho, siete... —anunció Amaya cruzándose de brazos, muy quitada de la pena, viendo las caras que ponían.

Sabía que a los ojos de esa familia ella era una desalmada despiadada, pero le daba igual.

Si recordaba todas las humillaciones y abusos por los que habían hecho pasar a su madre, lo de ahora le parecía hasta compasivo.

—Vera, ¡¿cómo es posible que nada más tengas eso ahorrado?! ¡Si tan solo lo que yo te doy al año es mucho más de dos millones...!

Diego no pudo ni terminar la frase. De pronto se acordó de que Amaya estaba justo ahí al lado, y que él no le había dado un solo centavo de mesada en los últimos cinco años. Se calló de tajo.

Pero era evidente que Amaya ya lo había escuchado. Con una sonrisa gélida en los labios, le dirigió a Diego una mirada que lo decía todo.

Ella no necesitó agregar nada; esa simple mirada fue suficiente para que Diego sintiera como si le acabaran de dar una buena bofetada. La cara le ardía.

Apretó los puños y frunció el ceño con pesadez, sintiendo que la culpa lo consumía por dentro.

Al parecer, durante los últimos cinco años, no había tratado a Amaya tan bien como él se imaginaba.

Siempre se la pasaba preocupado de que a Vera le faltara el dinero, de que la maltrataran o la hicieran menos en la familia de su marido. Pero ahora se daba cuenta de que jamás le había importado si a Amaya le alcanzaba, o si necesitaba que él le diera algo para sus propios gastos o para la casa.

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