—¡Regalas una reliquia de mi familia a tu supuesto sobrino sin avisarme! Dime, Diego, ¿quién está avergonzando a quién?
Diego miró rápidamente a su alrededor y bajó la voz aún más:-
—Es solo un adorno. No tuve tiempo de mandar a hacer uno personalizado y pensé en usar ese por ahora. Vera y Romeo no son unos desconocidos, ¿de verdad tienes que armar este escándalo?
Amaya lo miró con una frialdad absoluta:
—Diego, no es un adorno cualquiera, es una reliquia que ha pasado por generaciones en mi familia.
Se llevó una mano al pecho, apretando con fuerza, y soltó con voz amenazante:
—Si no recuperas eso para mi hija, te juro que esto no se va a quedar así.
Ella sufría de fuertes dolores en el pecho cada vez que hacía corajes.
En ese momento, sentía unas punzadas terribles cerca del corazón y la herida de la cesárea en su vientre le palpitaba como si se estuviera abriendo.
Sin poder mantenerse de pie, Amaya palideció y se agachó por instinto.
Diego notó que algo andaba mal. Su rostro mostró sorpresa y estaba a punto de acercarse para ayudarla, cuando una mano delicada lo tomó del brazo:
—Diego, ¿qué pasó? ¿Amaya se molestó porque le regalaste el adorno a mi bebé?
Vera dirigió su mirada hacia Amaya y se tapó la boca con gesto de asombro:
—¡Ay, Dios mío! Amaya, ¿cómo es que te ves tan demacrada después de tener a tu bebé? ¡Casi ni te reconozco!
Amaya levantó la vista lentamente hacia Vera.
Llevaba puesto un vestido de diseñador junto a Diego, lucía una figura espectacular y una sonrisa radiante. No parecía en absoluto una mujer que acabara de dar a luz.
Antes de que Amaya pudiera decir algo, Vera se le acercó y la tomó con fuerza del brazo:
—Amaya, no te enojes con Diego. Él tenía pensado llevarse el adorno a la casa para tu hija, pero como vi que me gustó mucho, decidió regalárselo a mi hijo.
—Es solo un adorno, Amaya. Si tanto te gusta, luego voy a una tienda y te compro otro para compensarte, ¿qué te parece?
Le clavó sus largas uñas en la piel. El dolor hizo que Amaya se la sacudiera de encima con fuerza, pero no esperaba que Vera aprovechara el empujón para dejarse caer al suelo, soltando un grito de dolor al instante.



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