Media hora más tarde.
En uno de los salones privados del segundo piso en el Café La Madrugada, se respiraba el rico aroma a grano tostado.
Amaya abrió la puerta y, al instante, se topó con la figura del hombre sentado en un sillón junto a la ventana.
Vestía una camisa de lino con las mangas remangadas hasta los codos, mostrando sus brazos firmes. Llevaba una discreta pero elegante pulsera de madera oscura en la muñeca.
Al escuchar el ruido de la puerta, levantó la mirada sin prisa.
En ese instante, Amaya percibió unos ojos claros y serenos, de esos que transmiten paz, pero acompañados de una presencia imponente.
Tenía facciones marcadas, pero nada toscas, más bien suaves. De nariz recta, y con una ligera curvatura en los labios que le daba la apariencia de tener siempre una expresión amable.
No irradiaba esa típica energía agresiva de los tiburones de los negocios, sino un aire mucho más tranquilo e intelectual.
Su porte no se basaba en la ropa de marca que traía puesta, venía desde adentro. Mostraba tanta tranquilidad, como si nada pudiera perturbarlo pero a la vez observara todo con cortesía.
—Ya llegaste —comentó en voz baja. Su tono era sereno y agradable al oído.
Amaya sintió un latido distinto en su pecho; de repente, su guardia se elevó.
«De verdad es un hombre súper atractivo, le hace justicia a los rumores...», exclamó en sus pensamientos, bastante sorprendida.
—Sí. ¿Tú eres Romeo? Es un gusto conocerte por fin. —Amaya extendió su mano, intentando sonar lo más formal posible.
Romeo se puso de pie, estrechó la mano de la joven con educación y un apretón firme pero cálido, y la invitó a tomar asiento frente a él.
—¿Qué vas a pedir? ¿Capuchino, latte, americano?
—Americano sin azúcar.
El hombre le hizo una seña al mesero para pedir el americano y, de paso, ordenó algunos postres al centro de la mesa.
Sin más rodeos, fue directo al grano:
—Fuiste tú quien expuso el escándalo de Diego y Vera en internet.
No era una pregunta, lo estaba afirmando. Sus ojos miraban a Amaya con franqueza, pero con un brillo perspicaz.
Amaya se tensó ligeramente y asintió por instinto.
—Así es.
Romeo se inclinó hacia delante, demostrando interés en su respuesta:
—Me gustaría saber por qué lo hiciste.
A pesar de que su mirada era bastante serena, Amaya sentía una fuerte presión envolviéndola. Definitivamente no se sentía como si hubiera ido a reclamarle, pero tampoco sabía cómo interpretar aquella actitud.
—Tu mujer y mi esposo no son primos de sangre, ella es adoptada. ¿Estás al tanto de eso? —cuestionó Amaya, tratando de mantener la calma e ir al grano.

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