Amaya permaneció sentada frente a él, diciendo unas palabras letales con la mayor tranquilidad del mundo.
El cabello corto realzaba lo fino de su rostro; las puntas acariciaban su mandíbula y le daban un aire relajado y lleno de energía.
Tenía unas cejas delgadas, levantadas con cierta fiereza, contrastando con sus ojos grandes, expresivos y de un tono profundo. Con su nariz recta, perfilada y ese par de labios bien formados, proyectaba un semblante naturalmente frío cuando no sonreía, pero que adquiría un toque travieso y coqueto con apenas alzar la comisura.
Era de piel clara, similar a una figura de porcelana que, pese a aparentar ser sumamente frágil, ocultaba una dureza y firmeza incomparables. Aun estando sentada ahí con esa actitud orgullosa a flor de piel, emanaba algo de tristeza que provocaba un instinto protector.
Al sostener la taza de café, Romeo titubeó ligeramente.
No esperaba que esa mujer tan frágil a simple vista escupiera algo tan firme y con semejante nivel de desesperación.
Por instinto dejó su café sobre la mesa, inclinándose al frente para atrapar su mirada con intensidad:
—Amaya, creo que te subestimé.
Su voz, ahora un poco más ronca y llena de asombro, continuó:
—Aunque... ¿qué te hace pensar que iría a meterme contigo solo por defender a mi esposa?
Amaya lo miró confundida.
—¿Apoco no lo harías? Digo, Vera fue la que presumió que te tiene comiendo de su mano...
Romeo sonrió tenuemente.
—Si lo que sugieres de ella y Diego es verdad, hasta cierto punto los dos fuimos las víctimas del cuento, ¿o me equivoco?
Amaya no ocultó su incredulidad al cuestionarlo:
—No me digas que ahora vamos a armar una alianza.
Romeo se apresuró a negar con la cabeza:
—No voy a creer ciegamente que mi esposa me engañó basándome en dos audios, y mucho menos voy a destruir años de confianza con Diego por lo que tú acabas de contar.
La esperanza de la joven se desplomó enseguida y soltó un bufido de ironía.
—¿Entonces para qué carajos me llamaste para venir hoy? No le encuentro la lógica.
Romeo no perdió la postura, pero en su mirada sí se vio algo de incomodidad.
—No acostumbro desconfiar a ciegas, pero tampoco estoy dispuesto a que me agarren de tonto. Te pedí vernos porque quiero saber en qué fregados me estoy metiendo.
Cerró los ojos por un instante y exhaló pesadamente.
—El día de mi boda, mi esposa me juró con sus propias palabras que había sido amor a primera vista para ella, que yo siempre le había gustado, y que su mayor sueño era compartir su vida conmigo.
Amaya notó hacia dónde iba la charla e intentó sonsacarlo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta