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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 5

Al ver que Amaya no decía nada, él estiró el brazo por encima de la mesa y le frotó la oreja suavemente:

—Tú no eras así, Ami. Por favor, no empieces a imitar a esas viejas corrientes que creen que, por parir un hijo, ya pueden manipular a su esposo como quieran.

Diego estaba acostumbrado a mandar; siempre tenía ese tono de superioridad al hablar.

Antes, Amaya sentía una profunda admiración y respeto hacia él, y no veía nada de malo en su actitud. Pero ese día, esas palabras le sonaron asquerosas.

La rabia que llevaba conteniendo amenazó con estallar. Amaya azotó los cubiertos contra la mesa con un ruido sordo:

—Diego, ¿tienes idea de las estupideces que acabas de decir?

Viendo que ella volvía a alterarse, el rostro de Diego se endureció:

—Estoy intentando mantener la calma contigo, Amaya. Ni siquiera te estoy reclamando por la cachetada que me diste en público.

Diego se levantó, respirando agitado. Era evidente que también estaba a punto de explotar de furia.

Amaya soltó una risa burlona:

—Quiero el divorcio, Diego. Verte me da asco, puro asco.

—¡Amaya! —Diego por fin estalló de rabia—. ¡La niña acaba de nacer y ya te quieres divorciar de mí! ¿Desde cuándo te volviste tan corriente que quieres usar el divorcio a cada rato para manipularme?

Amaya lo observó con una mirada fría y calculadora:

—¿Así que sí sabes que la niña acaba de nacer? Como te veía tan ilusionado con el hijo de otro, pensé que ya te habías olvidado por completo de la tuya.

Diego se quedó pasmado, como si por fin hubiera recordado que tenía una hija. Miró instintivamente a su alrededor buscándola.

Ver cómo reaccionaba hasta ese momento le causó a Amaya una punzada en los ojos y soltó una carcajada amarga:

—Ni la busques. Desde que quedé embarazada hasta que nació y cumplió su primer mes, no te tomaste ni un minuto para ver cómo estaba, así que mejor haz de cuenta que no existe. A partir de ahora es solo mía, tú ya no tienes nada que ver con ella.

—Cuando nos divorciemos vas a poder dedicarte a cuidar a los niños que se te pegue la gana. Pero a mi hija, te lo juro por mi vida, no la vas a tocar ni con un dedo, Diego.

Recordó los mareos y náuseas de los primeros tres meses de embarazo.

Pensó en cada ocasión que fue sola a hacerse los ultrasonidos, escuchando los posibles riesgos con el corazón latiendo a mil por hora.

Capítulo 5 1

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