Eva salió corriendo de la habitación, muerta de miedo, y gritó:
—¡Está temblando! ¿Acaso es un sismo?
Al escucharla, Marta, que llevaba a la bebé llorando a gritos en brazos, se asustó tanto que salió corriendo descalza hacia la puerta; agarró su bolsa y ni siquiera tuvo tiempo de ponerse los zapatos.
***
Cuando ambas llegaron a la sala, se quedaron pasmadas al ver a Amaya, que siempre había sido tan sensata y tranquila, arrojando al piso uno por uno los adornos que tanto amaba, como si hubiera enloquecido.
Eva corrió de prisa a detenerla:
—¡Señora, ya no tire nada! ¡Hablemos las cosas con calma, por favor!
Marta, meciendo a la niña que no paraba de llorar, le gritó con voz quebrada:
—¡Señora Amaya, deténgase, que va a asustar a la bebé!
Al escuchar el llanto desgarrador de su hija, el cuerpo de Amaya cedió, como si le hubieran drenado hasta la última gota de energía.
Por fin soltó el jarrón de porcelana que tenía en las manos, se acercó y estrechó a la pequeña con fuerza contra su pecho.
La bebé lloraba con el rostro rojo como un tomate, apretando sus manitas en dos pequeños puños.
Marta se acercó y la urgió con desesperación:
—Seguro tiene hambre. Le preparé fórmula, pero no quiere, ¡solo quiere pecho! ¡Ande, señora, dele de comer!
Amaya casi no lo dudó y, por instinto, hizo el ademán de levantarse la blusa.
Pero, al segundo siguiente, cayó en la cuenta de algo.
Levantó la mirada y se topó de lleno con la expresión indescifrable en los ojos de Diego.
En todos esos años, él se había acostumbrado a verla impecable, siempre maquillada y decidida en el trabajo. Jamás la había visto tan desaliñada, dispuesta a sacarse el pecho frente a otros para alimentar a un bebé.
En ese instante, hasta ella misma sintió una oleada de vergüenza.
Pero el llanto no cesaba y ya no le importó nada más. Se dio la vuelta para darle la espalda, se levantó la ropa y acercó con delicadeza la carita de la niña a su pecho.
La sala quedó en silencio, interrumpido solo por la succión insistente de la bebé.
Diego se quedó plantado en su sitio, observando la espalda de Amaya mientras amamantaba. Su semblante era una mezcla de emociones y su mirada oscura no dejaba adivinar qué pasaba por su cabeza.
Eva comenzó a recoger en silencio el desastre que había en el piso.
Marta se acercó para ver a Amaya alimentando a la bebé y le comentó en voz baja:
—Ay, señora, de verdad que le ha batallado mucho. Con tal de darle pecho, se aguantó todo el dolor de la congestión y forzó la bajada de la leche por quince días hasta que por fin le salió.
—Desde que la niña toma pura leche materna, crece más sana cada día. Nomás mírele los cachetitos.
***



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