Cuando Amaya salió de la cafetería, caía una ligera llovizna.
El lugar estaba un poco apartado, en un callejón. El coche de Amaya estaba estacionado en la calle, así que aún tenía que caminar un tramo corto para llegar a él.
Como no traía paraguas, se quedó esperando un momento en la entrada.
Al ver que la lluvia no daba señales de parar, apretó los dientes, se cubrió la cabeza con el bolso y se preparó para salir corriendo bajo el agua.
Apenas dio un paso, sintió que alguien le jalaba el brazo con fuerza.
Una voz suave y agradable sonó junto a su oído:
—Acabas de pasar la dieta, no deberías mojarte.. Te acompaño.
Amaya volteó sorprendida y se encontró con la mirada cálida y profunda de Romeo.
Al segundo siguiente, él la soltó, abrió un enorme paraguas negro con la otra mano y le hizo una seña para que se resguardara bajo él.
Sintiéndose un poco incómoda, Amaya echó un vistazo al largo y oscuro callejón antes de meterse bajo el paraguas.
Romeo inclinó el paraguas un poco hacia ella. Ambos caminaron hombro con hombro sobre los adoquines del callejón, dirigiéndose hacia la concurrida calle principal.
—En esta época del año, llueve bastante seguido en Solsepia —dijo Romeo, rompiendo el hielo.
—Sí, así es —respondió Amaya de forma cortés.
—¿Viniste en coche? ¿Necesitas que...? —volvió a preguntar Romeo.
—No hace falta, mi coche está aquí a la vuelta —lo interrumpió Amaya apresuradamente.
—De acuerdo. —Romeo no insistió.
Pronto llegaron al coche de Amaya.
Ella abrió la puerta y Romeo, como todo un caballero, levantó el paraguas para protegerla mientras subía al asiento del conductor. Luego, se despidió con un simple movimiento de mano y un «hasta luego».
Justo cuando Romeo se dio la vuelta, Amaya notó que la manga de su camisa estaba empapada, mientras que ella no había recibido ni una sola gota de lluvia.
Era un hombre sumamente detallista y caballeroso, el tipo de persona que generaba simpatía de manera natural.
Amaya observó su figura erguida por el espejo retrovisor y, para su sorpresa, se dio cuenta de que el coche de él estaba justo detrás del suyo. Era un Cullinan negro.
¿De qué demonios se quejaba Vera al estar casada con un hombre así?
Amaya negó con la cabeza, completamente desconcertada, y encendió el motor para ponerse en marcha.
En ese momento, le llegó un mensaje de Sofía pidiéndole la foto. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que se había pasado todo el rato platicando y se le había olvidado por completo el encargo de su mejor amiga.
[Perdón, se me fue la onda.]

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