Ya era bastante tarde.
Axel Ponce acababa de ser liberado esa misma tarde. Aún estaba con los nervios de punta y no tenía la más mínima intención de salir de casa.
Además, todo lo ocurrido la noche anterior le había dejado un trauma enorme.
Menos mal que se había mantenido firme y se negó a tocar esas sustancias; de lo contrario, seguiría encerrado.
Él, que siempre jugaba a ser el chico bueno, sentía que el corazón todavía le latía a mil por hora del susto.
Por un buen tiempo, no quería saber nada de nadie de la familia Muñoz.
Realmente le habían metido el susto de su vida.
Al ver que era Diego quien llamaba, Axel rechazó la llamada sin pensarlo dos veces.
Diego insistió tres veces más, y en todas, Axel le cortó. Finalmente entendió el mensaje y dejó de insistir.
Su última amistad se había hundido. Ahora estaba completamente solo.
Con el rostro entumecido y arrastrándose como un alma en pena, Diego terminó llegando a la cava privada donde él y sus amigos solían reunirse.
Pero al llegar e intentar empujar la puerta, descubrió que estaba cerrada con candado.
En la entrada había un letrero que indicaba que el local estaba en traspaso.
Diego se quedó mirando esas palabras por un largo rato y una sonrisa amarga y llena de burla se dibujó en sus labios.
Se acabó. No solo había perdido a sus amigos, sino que también había perdido su último refugio.
Totalmente devastado, regresó a Villa Jardín del Edén.
Eva le abrió la puerta. Siguiendo sus órdenes, ya había preparado algo para picar con el trago y lo estaba esperando.
—No hay mucho que explicar. Si la trataba mal, la trataba mal y punto.
—La verdad es que la señora Amaya lo ayudó muchísimo. Hasta yo la escuchaba a escondidas en la sala haciendo llamadas para limpiarle sus desastres y arreglar los problemas de la empresa, y siempre pedía que no le dijeran nada a usted.
—Si me lo pregunta, es completamente normal que el Grupo Muñoz esté en crisis ahora. Ya no tiene a su esposa cuidándole las espaldas, dándole ideas en secreto y salvándole el pellejo.
Diego se quedó boquiabierto. La furia y la vergüenza lo invadieron, y dio un fuerte golpe en la mesa.
—¡Eva! ¡No puedo creer que hasta tú me veas de esa manera!
—¡Qué atrevida! ¡Eres la empleada de esta casa, ¿cómo te atreves a hablarme así?!
Eva sonrió con frialdad, se quitó el delantal de un tirón y lo tiró a un lado. Ya no le importaba nada.
—¡Señor Muñoz, qué bueno que tocó el tema! ¡Hace días que quería decirle esto! Mi hijo se va a casar en mi tierra y tengo que ir a organizar la fiesta. ¡Renuncio, ya no trabajo más aquí!

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