Amaya asintió y colgó el teléfono de inmediato.
Buscó en el historial de su tienda de aplicaciones, descargó la aplicación nuevamente y, al revisar el almacenamiento en la nube, no tardó en encontrar las grabaciones de lo que había ocurrido en la casa.
Ella pensaba que verlo ya no le causaría ninguna emoción.
Pero al ver con sus propios ojos a Diego Muñoz arrojando a Valeria Zaldívar sobre la cama que alguna vez compartieron, y presenciar lo íntimos que se veían sin el menor pudor... el estómago se le revolvió por completo.
Sintió tanto asco que no pudo evitar una arcada. Salió corriendo hacia el baño y vomitó toda la cena directo en el inodoro.
Sentía que algo le estrujaba el corazón sin piedad.
El aire en su habitación se volvió pesado, casi asfixiante.
El video seguía reproduciéndose en su celular, pero Amaya no quería ver ni un segundo más.
Cerró los ojos, y de forma involuntaria, su mente la traicionó mostrándole recuerdos de los momentos más dulces y apasionados que vivió con Diego... y la ola de náuseas regresó con la misma violencia.
El profundo asco de hoy era proporcional al profundo amor del pasado.
Sacudió la cabeza con fuerza, tratando de borrar cualquier recuerdo.
Al no recibir respuesta, Sofía Vargas se desesperó y volvió a llamarla.
—¿Qué pasó? ¿Estaban los videos? ¿Se ve todo?
—Sí.
—Ami, ¿por qué tienes la voz tan ronca? ¿Lloraste? ¿Te dolió mucho verlo?
El corazón de Sofi se encogió. Desde el otro lado de la línea intentaba consolarla con todas sus fuerzas. —Es normal, amiga, yo te entiendo. Tantos años juntos... no es fácil dejarlo ir de un día para otro. No somos de piedra. Si quieres llorar, llora. Si quieres que vaya a hacerte compañía, salgo para allá ahora mismo.
Era evidente que no podía conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama, se sentaba a fumar, se levantaba a mirar por la ventana...
Y todo el tiempo, sin soltarlo ni un segundo, sostenía un portarretratos con una foto de ella.
Era una selfie de hacía unos años, donde Amaya salía sosteniendo una taza de café en la cafetería del Grupo Muñoz.
Si había llevado a una mujer a su habitación principal a medianoche, ¿por qué diablos estaba durmiendo solo en el cuarto de invitados?
Y peor aún, ¿a qué venía ese teatro de hombre enamorado aferrándose a su foto?
Intrigada, Amaya notó que él movía los labios. Subió el volumen del teléfono para intentar escuchar lo que decía.
Para su sorpresa, al encender el audio, escuchó claramente cómo le hablaba al portarretratos en medio de la soledad de la noche.

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