—Amaya, me he dado cuenta de que, aparte de ti, ninguna otra mujer despierta mi interés —murmuró Diego Muñoz, acariciando suavemente los bordes del portarretratos, con una mirada cargada de devoción.
—Eres la única que me hace sentir algo, que cualquier otra se acerque solo me da asco. ¿Será esto a lo que llaman atracción biológica?
Hablaba en voz baja, con una sonrisa que reflejaba burla hacia sí mismo.
—Me arrepiento tanto de haber sido tan frío contigo antes. Si hubiera sabido que te irías, jamás te habría ignorado de esa manera.
Ese rastro de ternura duró apenas unos segundos antes de que su voz se tornara completamente gélida.
—¿De qué otra forma podría obligarte a quedarte a mi lado?
De pronto, Diego recordó algo que había escuchado por casualidad en el hospital aquel día.
Si no lograban encontrar un donante compatible, la única forma de salvar a Reni sería que él y Amaya tuvieran otro bebé.
Al pensar en eso, los ojos de Diego se iluminaron. De repente, sintió que todos sus problemas se solucionaban con esa brillante salida.
Si tuvieran otro bebé, por el bien de ambos hijos, aunque ella lo odiara con toda su alma, jamás le daría el divorcio.
Además, las células madre del cordón umbilical de ese bebé salvarían la vida de Reni, ahorrándole a él todo el dolor de cabeza de tener que obligar a su familia a hacerse pruebas de compatibilidad.
Mataba dos pájaros de un tiro. Era un plan simplemente perfecto.
Mirando fijamente la foto, lo que empezó como un simple pensamiento para espantar el insomnio se fue transformando en una idea macabra y audaz.
Con la actitud actual de Amaya, era evidente que no cedería por las buenas.
Pero si la secuestraba y la obligaba a acostarse con él hasta que quedara embarazada... parecía la solución más lógica para su problema.
Si la relación se había roto porque él no estuvo presente durante su recuperación del parto, tener otro hijo le daría la oportunidad de enmendar su error y, de paso, atarla a él de por vida.
Una chispa de locura y determinación brilló en los ojos de Diego.
Al otro lado de la pantalla...
Amaya había escuchado cada palabra de sus enfermizos monólogos. Si bien al principio sus confesiones la habían descolocado un poco, la llamada que le hizo a Julio la dejó bañada en sudor frío.
Nunca imaginó que revisar esas cámaras por curiosidad le revelaría las oscuras y peligrosas intenciones de Diego.
¿Para qué le pedía ese tipo de sustancias a Julio?
¿Acaso era tan miserable y asqueroso que planeaba drogarla para forzarla a acostarse con él?
La furia y la repulsión invadieron a Amaya. Con náuseas, guardó el video rápidamente, cerró la aplicación y fue directo a lavarse la cara al baño, queriendo limpiar hasta sus ojos.
¿Estaba ciega o mal de la cabeza en el pasado para haber amado a un monstruo como Diego de esa manera tan incondicional?
Apoyada en el lavamanos, miró su rostro cada vez más delgado en el espejo, respirando hondo para recuperar la calma.

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