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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 534

Romeo respondió con una sonrisa, pero al alzar la vista casualmente, su respiración se detuvo de golpe.

Las palabras se quedaron atoradas en su garganta mientras la miraba fijamente, con los ojos llenos de una admiración inesperada.

Desde que había tenido a Reni, salvo por un par de apariciones públicas, Amaya solía vestirse de manera muy sencilla, y con tanto ajetreo en esos días, no había tenido tiempo de arreglarse.

Sin embargo, sus facciones compartían el encanto natural de Beatriz; era de esas mujeres que, con un poco de arreglo, deslumbraban a cualquiera.

Romeo se quedó hipnotizado por un instante, y solo volvió en sí cuando Amaya se acercó a la mesa.

Al darse cuenta de que se había quedado pasmado, las orejas se le tiñeron de un ligero tono rojizo.

Afortunadamente, toda la atención de Amaya estaba centrada en el delicioso banquete que había sobre la mesa.

Romeo no solo había traído la sopa. Prácticamente había comprado todos los desayunos clásicos de la calle donde crecieron.

Había churros y chocolate caliente de la calle vieja, empanadas caseras, ricos tamalitos de elote y un esponjoso pan de dulce que Amaya no probaba desde hacía años.

El antojo se apoderó de ella al instante. Se sentó, tomó un pedazo de pan, le dio una gran mordida y en su rostro se dibujó una enorme sonrisa de satisfacción.

—Si hubiera sabido que traerías tantas cosas ricas, me habría puesto el labial más tarde. Lo acabo de arruinar.

Dijo entre risas mientras masticaba y, al mismo tiempo, se limpiaba rápidamente el labial con una servilleta.

Hacía mucho, mucho tiempo que no probaba esos desayunos con el verdadero sabor a su infancia.

Cada platillo frente a ella le alegraba el corazón; su apetito se abrió de par en par.

Después de terminarse el pan entero, tomó un tamalito con un poco de salsa, y luego acercó el plato de sopa humeante, comiendo con genuina devoción.

Beatriz no pudo evitar reírse al verla.

—Come más despacio. Parece que se va a acabar el mundo, vas a hacer que Romeo se ría de ti.

Amaya miró boquiabierta al hombre guapo, elegante y deslumbrante que tenía frente a ella, incapaz de relacionarlo con aquel niño redondito de su infancia.

Para ella, eso era un recuerdo extremadamente lejano.

Era muy pequeña, y solo conservaba la imagen difusa de un niño con la cara y el cuerpo redondos, a quien le encantaba hacerle bromas, pero que siempre la cuidaba mucho...

Romeo mantuvo los labios apretados, sonriendo sin decir nada, hasta que Beatriz intervino:

—¿De verdad no sabías que Romeo es Chavo?

—Pensé que te habías dado cuenta hace tiempo. Tú estabas llenita, Romeo también, y mírenlos ahora, los dos están delgadísimos. Con razón ni se reconocieron.

Al escuchar esto, Romeo miró de pronto a Beatriz. En sus ojos profundos se notaba una sinceridad absoluta, acompañada de un tono de seriedad.

Las palabras que pronunció a continuación hicieron que el rostro de Amaya se encendiera como un tomate, al punto de que, por la impresión, soltó la cuchara que cayó haciendo un ruido en el plato.

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