En el centro de detención de Solsepia.
Melina y Vera fueron encerradas por la policía junto a un grupo de pandilleras jóvenes, recién salidas a la calle y apenas mayores de edad.
Ese grupo de chicas, impulsivas, llenas de tatuajes y con muy mal genio, en cuestión de días lograron que Melina y Vera, quienes antes se creían intocables, desearan estar muertas.
Estas pandilleras, que no le tenían miedo a nada, adoraban buscar pleitos y ya habían entrado y salido del centro de detención incontables veces, convirtiéndose en verdaderas veteranas del lugar.
Las viejas artimañas de Melina y Vera no eran nada frente a ellas.
Las vieron como las presas más fáciles de pisotear.
—¡Oigan, ustedes dos inútiles, vayan a traerme agua para remojarme los pies!
Una pandillera con el cabello teñido de rubio y masticando chicle golpeó impaciente los barrotes de la cama de metal con el pie.
A su lado, dos secuaces, una con el cabello rojo y la otra verde, se adelantaron de inmediato y les dieron una fuerte patada a Vera y Melina.
Al principio, ambas intentaron defenderse, pero no eran rivales para aquellas chicas agresivas.
Además, la policía siempre esperaba hasta que las estuvieran moliendo a golpes para intervenir.
Con el paso de los días, las dos terminaron sometiéndose a la voluntad de las pandilleras.
Les hacían todo tipo de maldades: les ponían cucarachas y ratones en las camas, orinaban y defecaban sobre sus cobijas... y cosas aún más asquerosas.
Vera y Melina jamás habían sufrido tanto en sus vidas.
Para evitar más torturas, ahora obedecían dócilmente y hacían todo lo que les ordenaban.
Vera agarró una palangana de plástico, la llenó de agua y caminó temblando hacia ella.
Pero lo que más las desesperaba era que, a pesar del tiempo transcurrido, nadie había venido a sacarlas.
Melina no podía creerlo.
Después de todo, ella era la tercera señorita de la ilustre familia Muñoz, y Vera, aunque estuviera en desgracia, era la heredera de la familia Ramos y de la familia Navarro.
¿Cómo era posible que ninguna de las tres familias hubiera hecho algo por rescatarlas?
¿Acaso se habían convertido en las piezas desechables de sus familias y ya nadie quería hacerse cargo de ellas?
El pánico comenzó a apoderarse del corazón de Melina.
Y justo cuando creía que, escondiéndose en su rincón como una tortuga asustada, se salvaría del castigo, las pandilleras, después de torturar a Vera hasta el cansancio, voltearon a mirarla a ella.

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