—Oye, cobarde, eres muy desleal.
—Ves a tu amiga siendo torturada y te quedas escondida sin decir ni pío. ¡Tsk, tsk! ¡Lo que más detesto es a la gente que no sabe de lealtad!
—¡Denle una lección, enséñenle lo que significa la verdadera hermandad!
A la orden de la rubia, las chicas de cabello verde y rojo, acompañadas por un par más, se acercaron a Melina con sonrisas sádicas.
—¡Arránquenle la ropa!
—¡Agarren ese ratón del rincón y pónganselo en el pecho! ¡Que duerma abrazada a él toda la noche! ¡Y si lo suelta, la molemos a golpes!
Gritó la rubia a todo pulmón.
Al escucharla, la de cabello verde tomó sin dudar al pequeño ratón que ya tenían domesticado y caminó hacia Melina.
Si había algo que Melina odiaba en la vida, eran esos animales asquerosos.
Al ver que se abalanzaban sobre ella para arrancarle la ropa y ponerle el ratón encima, el terror se apoderó de ella y soltó un grito desgarrador tras otro.
Justo cuando cerró los ojos con desesperación, creyendo que iba a morir en ese calabozo inmundo, un fuerte sonido metálico resonó en la puerta. Era la macana de la guardia golpeando los barrotes, seguida de una voz fría y autoritaria:
—¡007, 008, ya pueden salir! ¡Alguien pagó su fianza!
En ese instante, Melina y Vera abrieron los ojos al unísono.
Al ver a la guardia, las pandilleras retrocedieron de inmediato, soltándolas y fingiendo estar ocupadas en sus literas.
Melina se levantó a duras penas y corrió hacia Vera, ayudando a levantar a su amiga, que estaba medio muerta en el suelo.

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