Amaya ya no sentía nada. Ni rabia, ni odio. Con el paso de los días, todo se había asentado en una fría indiferencia.
En lugar de mandar a Josefa a la cárcel solo para que su familia la sacara bajo fianza unos días después, prefería golpearlos donde más les dolía, donde realmente sangraban.
¿Acaso no adoraban el dinero y el estatus por encima de cualquier vida humana?
¿Acaso no le habían negado hasta el último centavo a Reni desde el día en que nació?
Perfecto. Iba a clavarles el cuchillo justo en el ego y en la billetera.
Ya que la familia Muñoz se negaba a ceder en el divorcio, ella exprimiría hasta la última gota de sus recursos para asegurar el futuro de su hija.
Cuando Amaya soltó esa condición, el rostro de Diego y de toda su familia perdió el color.
Josefa pegó un grito y se levantó del suelo como si tuviera un resorte.
—¡Mis acciones! ¡Quieres mis acciones en la empresa! ¡Estás loca!
—¡De por sí apenas tengo un uno por ciento de participación! ¡Si te lo doy, de qué voy a vivir!
Para Josefa, esa exigencia era peor que una condena a muerte. Prefería pudrirse en la cárcel antes que ceder su dinero.
Al ver la expresión de la mujer, como si le estuvieran arrancando un riñón en vivo, la sonrisa de Amaya se volvió más afilada.
—Ese uno por ciento, con el valor actual del Grupo Muñoz, equivale a una fortuna. Señora Ponce, no ha hecho absolutamente nada por Reni desde que nació y hoy casi la mata. Supongo que exigir una indemnización justa para su nieta no es pedir demasiado, ¿o sí?

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