—Transferiré la propiedad de la Villa Jardín del Edén a nombre de Reni. Además, te daré un uno por ciento de mis propias acciones. Mis abogados redactarán los documentos de inmediato.
—Pero cuando llegue la policía, tendrás que decir que llegamos a un acuerdo civil. Y me tienes que jurar que nunca usarás esto para chantajear a mi madre y que la prensa no se enterará.
Diego no soportaba la idea de dejar a su madre sin su dinero de retiro, así que decidió sacrificar su propia participación en la empresa. De todas formas, pensó, ese dinero eventualmente sería para su hija. Dárselo ahora no cambiaba tanto las cosas.
—Trato hecho —respondió Amaya, sin rastro de victoria en su voz, solo un cansancio infinito y una frialdad absoluta.
—Diego, las cámaras del restaurante grabaron todo. Me llevaré una copia como seguro. No intentes jugarme chueco, porque a estas alturas, ya sabes de lo que soy capaz.
—Está bien —murmuró él, derrotado.
La policía llegó poco después. Amaya cumplió su palabra. Los oficiales tomaron las declaraciones básicas y, al confirmar que las partes habían llegado a un arreglo civil, se retiraron sin realizar arrestos.
Lo que iba a ser una simple cena terminó costándoles una mansión y un uno por ciento de las acciones de la empresa matriz.
Ya sin apetito, la familia Muñoz regresó a su mansión con el orgullo por los suelos. Apenas cruzaron la puerta, Josefa se tiró en el sofá a llorar a gritos.
Sentía que el mundo estaba en su contra. Últimamente, solo le pasaban desgracias, ¡y ahora hasta por salir a comer la metían en problemas legales!
Pensar que su hijo había perdido una fortuna por su culpa la llenaba de rabia, pero también de autocompasión.
—Mamá, con todo respeto, después de todo lo que ha pasado, deberías usar un poco la cabeza —le reprochó Leonor, a pesar de sentir pena por ella—. Lo de hoy fue una estupidez. ¡Cómo se te ocurre empujar a la niña al tráfico!
Josefa sollozó aún más fuerte.

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