—Tranquila, Ami. Somos adultos, no le demos tanta importancia a una broma de mal gusto. Si esa persona de verdad quiere meterse con nosotros, no nos vamos a quedar de brazos cruzados. No te asustes, no daremos ni un paso atrás, estaremos contigo en esto.
Amaya asintió al escuchar esto, forzando una pequeña sonrisa. Sacó su teléfono y llamó de inmediato a Saúl.
...
Por otro lado, en la mansión Muñoz.
La atmósfera en el despacho era asfixiante.
Diego estaba de pie frente al escritorio, con la mirada baja, escuchando los reproches de su padre, Rubén Muñoz.
—¡Diego, cada vez dudo más de tu capacidad! —Rubén arrojó un documento sobre la mesa con fuerza—. ¡No puedes controlar ni a una simple mujer! Has hecho que las acciones de la empresa se desplomen, los accionistas están furiosos y exigen tu destitución como presidente.
Diego apretó los labios y se mantuvo en silencio.
—¡Ya te había dicho que las cosas hay que cortarlas de raíz! O encuentras la manera de recuperar el corazón de Amaya y la haces volver, ¡o te divorcias de ella de una buena vez! Pero tenías que dudar, ¡y ahora todo está en el aire!
—Y para colmo, ¡se llevó tus acciones y tiene cómo chantajearte!
Rubén temblaba de furia—. ¡Mañana es la junta de accionistas, prepárate! ¡Si no consigues cerrar el acuerdo con el Grupo Zaldívar, despídete de la presidencia!
Diego levantó la cabeza y miró a Rubén con tranquilidad:
—Papá, Amaya y yo ya acordamos el divorcio. En cuanto al trato con el Grupo Zaldívar, dame un poco más de tiempo, te aseguro que lo conseguiré.
—¿Acordado? —Rubén soltó una carcajada amarga—. Lo que tú llamas acordado es ceder a todas sus exigencias, ¿no es así? Diego, ¿desde cuándo dejas que una mujer te pisotee de esta manera?
La mirada de Diego se volvió gélida de inmediato:

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