—¡Camilo! ¡Es Camilo!
Amaya soltó un grito ahogado y, tropezando, se abalanzó hacia la camilla.
Romeo, Sofía y Marcos escucharon el grito de Amaya y se acercaron de inmediato. Al ver a Camilo cubierto de sangre sobre la camilla, sus rostros palidecieron.
Sofía se tapó la boca con fuerza, con las lágrimas brotando al instante, incapaz de articular una sola palabra.
En la camilla, Camilo tenía los ojos cerrados. Ese rostro que siempre llevaba una sonrisa amable ahora no tenía ni una gota de color.
La sangre no dejaba de brotar de su sien, su rostro estaba tan desfigurado que apenas se distinguían sus facciones. Era una imagen aterradora.
Los paramédicos caminaban de prisa, pidiéndoles que se hicieran a un lado, gritando a todo pulmón:
—¡El paciente está en estado crítico, ha perdido mucha sangre! ¡Abran paso! ¡Tenemos que llevarlo al hospital de inmediato!
—Somos sus amigos, por favor, ¡tienen que salvarlo! ¡Asegúrense de que esté bien!
Amaya tenía los ojos rojos y su voz temblaba sin control.
La ambulancia no tardó en llevarse a Camilo al hospital. Amaya, Romeo y Marcos rápidamente pararon un taxi y se dirigieron directamente hacia allá.
En el camino, Amaya recibió otro mensaje de texto de aquel número desconocido:
[¿Emocionante, verdad? Esto es solo el principio, Amaya. A partir de ahora, las sorpresas que te tengo preparadas solo irán en aumento.]
Al ver el mensaje, Amaya sintió una rabia incontrolable. De inmediato, marcó furiosa al número.
En cuanto contestaron, ella gritó por el auricular:
—¿Quién demonios eres? No te he hecho nada, ¿por qué haces esto?
—¡Imbécil, si quieres algo ven por mí, pero deja en paz a mis amigos!
—Jajaja... —Una carcajada exagerada resonó al otro lado de la línea—. ¿Que no me has hecho nada? Amaya, ¿acaso no sabes lo que hiciste?
La voz de pronto se tornó gélida, con un tono de burla:

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